Amar en el Cee peatonal


Caminando por el paseo de Cee iban Paco y Purita. Él, gordo como una colina y ella, con andares de pingüino, formaban una peculiar típica pareja de la comarca fisterrana: con cuatro días de pasión al año, 26 días de quererse, 330 de simplemente soportarse y, perdonen la expresión, cinco días de cristos. Mirando con atención uno podría aventurarse a decir que estaban en una de esas fechas en que se toleraban con indiferencia; como si cada uno, en su cabeza, se planteara una vida sin el otro. «Me gusta cuando callas porque estás como ausente», que diría Neruda.

Pero, ¡ay!, un repentino dolor en el pecho de Paco le hace apretar con fuerza la mano a Purita. «¡No me apriet…!». Antes de que ella acabe la frase Paco ya tiene una rodilla en el suelo; lívido, níveo, acojonado vivo, suelta un Puri que le sale de las tripas del alma. Desfallece y esos ocho ferrados de hombre caen sobre el pavimento. Menos Paco, todo en Cee es peatonal.

Purita, sin soltar aun la mano de su marido, comienza una letanía con aquella canción de Encarnita Polo que versionó Beyoncé: «Paco, Paco, Paco». Se da cuenta de la seriedad del asunto y grita: «Paco, no me dejes con la hipoteca, ¡y los niños! Que aún están estudiando, Paco… la hipoteca, Paco, ¡cabrón!».

Una hora más tarde, en el Hospital Virxe da Xunqueira de Cee, Paco abre los ojos, de su mano aún sigue colgando Purita con ojos estigios. «¡Puri!», dice, «¡estoy vivo gracias a ti, oí tu voz, oí cómo me decías te quiero y eso me dio fuerza! Me lo dijiste cuando caí, ¿verdad?». Y contesta Puri: «Sí, Paco, claro que sí».

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