Ignorancia e incivismo, juntos de la mano


Una semana después y la resaca de fin de año es aún palpable. La noche del cambio de año ha estado siempre rodeada de una especie de aura mágica que convierte en especial cada mínimo detalle: la ropa ha de ser elegida para la ocasión, el menú deberá estar a la altura y hasta hay un decálogo de supersticiones que, en caso de no cumplir al dedillo, uno pensaría que acaba de ganarse siete años seguidos de mala suerte.

Todo puede pasar en la noche del 31, ya que el alcohol y la fiesta no son buenos aliados con el civismo. Es rara la mañana de Año Nuevo en la que edificios, vehículos, calles o diferentes piezas de mobiliario urbano no amanezcan dañadas por los vándalos. Las papeleras son un clásico, como también bancos o portales. Baños públicos, cajeros automáticos y cabinas telefónicas completan el listado. Además, hay que mantener los ojos bien abiertos para no precipitarse sobre una bolsa olvidada del botellón o no cortarse con un cristal roto.

Este año no ha habido incidentes destacables, ni graves accidentes de circulación ni intoxicaciones etílicas más graves de lo habitual. Sin embargo, en Cee se dio una muestra no solo de la transformación nocturna que sufren algunos por los efectos de la bebida y de sus ansias por destrozar lo ajeno, sino también de la ignorancia y de la gran falta de conocimiento con respecto a la creación artística. Fue en la galería Stoupa, donde lamentan los destrozos realizados a una escultura de tres metros y medio de altura y valorada en más de dos mil euros. Para muchos sería poco más que un estandarte que flanqueaba las puertas del establecimiento, algo así como un luminoso que atrajese la atención de todo cuanto viandante pasase por la acera; para otros, con un mínimo de sensibilidad por el arte, una pieza única e irreemplazable. Nando Lestón, el artista responsable de la escultura, reemplazará cada una de las 25 piezas de porexpán que resultaron dañadas la mañana del uno de enero. Un trabajo laborioso que incluirá el moldeado y pintado a mano de cada una de ellas, así como posterior colocación.

Un hecho así conlleva una necesaria reflexión: ¿Cuántos de nosotros sabemos dar el valor real a una pieza de arte? ¿Y a cuántos, directamente, les da igual? ¿Y a cuántos les parece una forma de malgastar tiempo y dinero? Mientras el arte, en todas sus formas, siga considerándose como una pérdida de tiempo y no como una manifestación creativa de la realidad, la sociedad no avanzará hacia un futuro más tolerante. Entretanto, seguiremos viendo baños públicos plagados de formas obscenas, falsas declaraciones de amor y garabatos que bien invitan a aguantarse las ganas y esperar a llegar a casa.

Por Marta López CIUDADANA

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