Personas con historia | Antonio Iglesias: «Nas minas en Asturias tiven moita sorte, outros morreron novos»

Empezó a trabajar con 9 años, y recibía al año un pantalón, camisa y zuecos. En Avilés trabajó en la cimentación de Ensidesa: «Era moi perigoso, pero polo menos ganaba cartos, 2.500 pesetas»


carballo / la voz

Antonio lleva ya muchos años viviendo en la zona de A Pedra Furada, esa en plena expansión urbanística que, sobre el barrio de San Cristovo y antes de la división que marca la autopista, conecta las parroquias de Sísamo y Carballo. Pero nació en Berdillo hace casi 83 años (los cumplirá el 3 de marzo), y ahí comenzó, muy joven, como tantos de su época, una vida de mucho y muy duro trabajo.

El primero fue con apenas 9 o 10 años. A servir, como se decía entonces cuando se pasaban los días en otra casa con más medios para ayudar en las tareas agrícolas. «Por un ano de traballo dábanme uns pantalóns, unha camisiña e unhas zocas. O que facía era o traballo normal: andar coas vacas, sacar o esterco... Era o que había», recuerda.

Tiempo después, con 12 o 13 años, empezó a aprender de albañil, como ayudante. Recuerda ir caminando desde Berdillo hasta Entrecruces, a diario, para construir el cementerio. «Xa comía no camiño, e despois non tiña nada. Se había froita por aí xa aproveitaba algo». Le tocó trabajar en esta parroquia carballesa justo unos meses antes del famoso episodio de la Virgen que lloraba, en el altar de la iglesia. En Entrecruces tuvo otro trabajo, la construcción de un canal en la fábrica de curtidos, origen de una centenaria empresa que aún sigue adelante, por los herederos, en Cereo, Coristanco: «Moitas troitas había naquel rego, e mira que era pequeno». Ganaba «un peso ao día». Y quería mejorar. A través de un conocido le salió otro trabajo en Silleda, donde había más trabajadores de Carballo. El de Silleda fue su primer contacto con la minería, pero de superficie. Y la oportunidad de ganar más, «cinco pesos», por jornadas enteras en el wolframio.

Y, en ese escalón laboral, la siguiente oportunidad, que marcaría su vida, le llegó desde Asturias. Tenía un tío en Avilés y allá se fue a buscarlo para conseguir trabajo, en tren. No sabía leer ni escribir (aprendió más tarde), y al llegar a Mieres vio chimeneas y fábricas y pensó que aquello ya era Avilés. Y allí se quedó, tampoco tenía dinero para continuar. No se quedó unas horas, sino tres años. «Había moita minería, e daban traballo en todas partes. Había que sacar carbón. O picador, picaba, e nós sacábamos. Debín de botar alí tres anos», recuerda. No solo en las minas de carbón, sino también, por mucho menos tiempo, en las de mercurio.

Fueron, como todos, años de mucho esfuerzo, a 250 o 350 metros bajo tierra, bajando en jaulas, con mulas para transportar... Nada que ver con la minería que había conocido en Carballo y alrededores, «na cuberta, que era case como traballar na leira. En Asturias tamén había de montaña, pero eu estiven nas de profundidade». Ha pasado mucho tiempo, pero recuerda aquellos tiempos, y los que vinieron después, «como se foxe hoxe». Las minas han dado riqueza y también han generado problemas de salud. «Nas minas en Asturias eu tiven moita sorte, e outros non tanta, e morreron novos, unha desgraza. O malo que había íache para o pulmón, que é como un cribo ou unha peneira, que se atascan os buratos, e aló imos. A min non me pasou, e tampouco tiven nunca un accidente», asegura. Y hubo muchos. La seguridad de entonces no era la de ahora, ni de lejos.

El destino de Avilés, que había quedado aparcado en la estación, acabaría llegando. Y no poco tiempo: 18 años. Ahí trabajó en las míticas Campanas de Avilés, una serie de grandes pilotes de hormigón sobre el fango de la marisma que serían los cimientos de la enorme empresa siderúrgica Ensidesa, la de los Altos Hornos.

Para realizar los trabajos en esas campanas había un sistema de aire comprimido para generar un vacío suficiente que no solo afectaba al agua, sino a los trabajadores. Hay ya literatura y documentales que indagan en un proceso muy sufrido, incluso mortal para muchos, pero del que entonces apenas se hablaba. «Era moi perigoso, pero polo menos ganabas cartos, 2.500 pesetas ao mes, que daquela estaba moi ben. Con 150 pesetas xa podías vivir unha semana ti e a muller. O paquete de tabaco custaba peseta e media. Pero o traballo era moi complicado», asegura.

Todo aquello ya no existe, pero marcó una época para miles de trabajadores llegados de toda España, que multiplicó la población de Avilés, hasta entonces una localidad pequeña y comercial.

En Asturias nacieron sus primeros hijos (tuvieron seis), una vida laboral relativamente larga. También trabajó en la empresa de construcción Entrecanales.

Vuelta a casa

Pero llegó un momento en el que decidieron regresar a casa, a Carballo, de donde también es su mujer. «Por aquí tiven negocios pequenos, e ata agora», explica. En esa zona de Pedra Furada, en la zona norte y elevada de la parroquia de San Xoán Bautista, lleva ya 35 años. Es su destino definitivo, pero antes pasó por otros. Su primera casa estuvo en A Brea, después se fue para otra de As Labradas, cerca de su Berdillo natal. Tras una temporada en Laxe, regresó a Carballo, y vivió cerca de la zona de O Sisto, hasta el traslado definitivo al otro lado de la carretera de Malpica, y más elevado, con buenas vistas de una parte del casco urbano. Cuando empezó a trabajar, de niño, todo ese era un monte.

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