Juan Manuel González: «Xoguei no primeiro Bergan xuvenil, con Manolo Calvo na portería»

Personas con historia | Fue uno de los trece fundadores de los Bombeiros Voluntarios de Carballo, a los que se les dedicó una plaza. Tuvo un bar con su familia, jugó al fútbol de joven y trabajó diez años en Calvo


Carballo / la voz

Hay personas que dan tanto a la sociedad, que ni viviendo dos vidas recibirían lo suficiente para equilibrar la balanza. En Carballo, la Praza dos Bombeiros Voluntarios atestigua el caso de 13 hombres que, tras una ola de incendios a mediados de los 70, se agruparon para ofrecer desinteresadamente un servicio entonces inexistente, y que con el paso de los años acabaría derivando en la actual Protección Civil.

Juan Manuel González Regueira (Carballo, 1938) fue uno de esos trece bomberos voluntarios. «Houbera un gran incendio, agora non recordo se na casa grande [Gran Vía] ou noutra, e non había nada: tiñamos que apagalo a caldeiros. Foi cando dixemos de facer ese grupo entre os que xa daquela acudiamos cando se declaraba algún lume. Ao principio non tiñamos máis que unha motobomba que levábamos remolcada a un Land Rober do Concello, con tan mala sorte que as bocas de rego non valían para esa motobomba, así que tivemos que pedir un aparello aparte», narra Juan Manuel.

Fue a «centos e centos» de incendios. Al principio, para dar aviso, se tocaba la campana de la iglesia; después se adquirió una sirena y, ya por último, se configuró una lista de teléfonos a los que la policía llamaba para dar aviso. «Cando se avisaba publicamente ía moita xente, pero moitos o que facían era estorbar. Co cal cambiouse de sistema e fíxose esa lista, na que eu estaba de segundo, así que pódese dicir que de cada 100 lumes que había, eu iría a 99. Moitas veces teño pechado o Milán [o bar que rexentaba] para ir apagar un incendio, e moitas outras teño erguido á miña muller da cama para que quedase ela co bar mentres eu ía co equipo», explica.

Asegura que nunca pidieron nada a cambio, pero igualmente los afectados trataban de devolverles el favor como buenamente podían. Como la misa por todos sus difuntos que le prometió una señora de San Paio.

Dice el carballés que miedo real nunca pasó, ni cuando todos se escondían tras las paredes mientras él enfriaba a pecho descubierto una de esas bombonas «de metro e medio de alto». Ni cuando se le quemaron los zapatos en un incendio al que asistió «na parte de atrás dos trolebuses». «Anécdotas tería miles para contar deses 22 anos de voluntario, como cando o dono da fábrica de Rus nos regalou, cando fomos alí sufocar un lume, a primeira botella de osíxeno que se viu por aquí», rememora.

Hostelero

Al acabar la mili, que hizo en A Coruña, trabajó como oficinista en la extensión agraria y después empezó a formarse en la escuela de capataces de Bastiagueiro. Nunca llegó a ejercer, no obstante, ya que sus padres pusieron en marcha el bar-confitería Milán y regresó a Carballo «porque había que botar unha man».

Treinta años estuvo al frente del Milán. Tenía licencia para abrir hasta las cuatro de la madrugada, pero los fines de semana había tal ambiente «que tiña que botar á xente fóra», bromea. Su récord son 111 bocadillos vendidos en una sola noche «a mozos que viñan da foliada e querían cear algo antes de ir para a casa».

Él mismo era el encargado de elaborar una tarta de almendra a partir de una receta que aprendió de un confitero vallisoletano con el que había trabajado un tiempo. Decenas y decenas de tartas salían por las puertas del Milán, y otras tantas fueron las veces en las que sus clientes trataron de sonsacarle el secreto de tan exitosa elaboración. Y el secreto no era otro que el horno: no valía cualquier horno doméstico porque para que el dulce saliese perfecto había que ir adaptando la temperatura tanto por la parte de arriba como por la de abajo.

«Pasado un tempo, cando pechou o Milán, traballei dez anos na fábrica de Calvo e o xefe nacional de vendas da compañía resultou ser un señor que viña moito ao bar buscar tortas para levar para Madrid. Desde que me recoñeceu, cada vez que ía ao seu despacho regalábame un habano», explica Juan Manuel.

Con la familia Calvo tuvo también relación durante su etapa como deportista. Apasionado del fútbol desde niño, militó en las filas del equipo local: «Xoguei no primeiro Bergantiños xuvenil que houbo en Carballo, co finado Manolo Calvo na portería», dice. Jugaba como defensa en esos tiempos en los que todo valía, así que en más de una ocasión se labró alguna expulsión. Siguió jugando, incluso durante la mili, cuando se alistó en el Barallobre, pero lo dejó cuando empezó a estudiar.

Pasó por el covid

De carácter afable, ayudó también en la construcción del primer puesto de la Cruz Roja donando más de cien sacos de cemento que fueron empleados en la obra. Conserva muchas amistades de su etapa como bombero voluntario. Como la de Ricardo Vilas, con el que además fue concejal. A Vilas, sabiendo su interés por la colección de cámaras fotográficas, le regaló una reliquia que le trajo su padre de Cuba.

Ahora, Juan Manuel disfruta de la jubilación dando largos paseos al sol, «para absorber algo de vitamina D!», bromea. En el mes de agosto perdió a su mujer y también ha tenido que lidiar con el coronavirus, aunque de forma muy leve: «Quince días confinado e non pasei de 36,5 graos de temperatura. A verdade é que tiven moita sorte, non como un compañeiro meu de viños, que o levou a enfermidade».

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