Bolas en los bares


Qué bonito es opinar en una terracita cuando se sabe de un tema pero… ¿qué me dicen de opinar sin tener ni idea? Eso sí que es bonito. Y épico. Sobre todo en estos tiempos de Wikipedia, donde no permiten a uno pontificar sobre nada. Amigo, ya no eres libre de ir tirando de imaginación, que te rebaten con datos reales y te cabreas. «¡Me cago en la leche, Merche!», que diría Antonio Alcántara.

Por suerte yo viví parte de la gloriosa época en que no existía Internet en los bares, pude así disfrutar de auténticos artistas de la narrativa y el embuste. Bergantiños siempre fue fértil en versiones apócrifas. Me río del término posverdad que tan de moda está. La posverdad no es estrictamente una mentira, es que se dé por verdadero algo sin que importe que lo sea. Pues oiga, señor del New York Times: en Carballo, mientras los hielos se diluían en el vaso de tubo, ya usábamos la posverdad antes de la posverdad. Somos unos visionarios. Aquí vimos el vídeo de Ricky Martin y el perro y la mayoría tenemos un tío que se libró de la Santa Compaña por los pelos.

La verdad es lo más sobrevalorado del mundo. Mejor cuéntame una buena patraña que me mande a casa alucinando. Hace 20 años un marinero me dijo que había conocido en Yugoslavia a un soldado al que le habían trasplantado el encéfalo. ¡Qué bola! Esa noche, antes de meterme en cama imaginé que metían mi cerebro en el cuerpo de Mike Tyson. Se van a cagar -pensaba- por unas pesetas dejaré de ser enclenque, albino y poco viril. Las historias están ahí, deseando salvarnos. A lo mejor por eso escribo.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
2 votos
Comentarios

Bolas en los bares