Sociedad enferma e hipócrita


Hace unos días, echando un vistazo a los stories de Instagram de la gente que sigo, me topé con la cuenta de una bloguera bastante conocida que también colabora en programas radiofónicos. Tenía varios vídeos colgados en los que relataba, visiblemente exaltada y nerviosa (se le había borrado el eyeliner, intuyo que había estado llorando) una experiencia de acoso que acaba de sufrir.

Regresaba sola a su piso de Madrid, alrededor de las dos de la mañana, cuando notó que un hombre la seguía. Era un turista extranjero, joven, que se cambiaba sospechosamente de acera cada vez que ella lo hacía, y que se aproximaba cada vez más. Llegados al portal, ella lo inquirió y él, sin dejarle cerrar la puerta por completo, insistió en subir a su piso a «tomarse la última». Finalmente, y tras un buen rato de discusión, logró zafarse de él y subir corriendo a su casa.

Lo contó abiertamente a todos sus seguidores y recibió, como era de esperar, centenares de mensajes de apoyo, pero también se coló alguna perla del tipo: «Te quejas de alguien que lo único que te ha hecho es regalarte una sonrisa, y lo cuentas como si te hubiese acosado. Se nota que no debes estar acostumbrada a que le intereses físicamente a alguien», «¿Que no podéis ir tranquilas por la calle? ¡Tendrás cara dura!», «A los hombres también hay mujeres que les acosan y no montan estos cirios para ganar audiencia», «¿Pero quién te va a acosar a ti, exagerada?» (este vino de una mujer) o «¿Y qué hacías sola de noche a las 2 de la madrugada?».

Y así, cientos y cientos de comentarios más. Parecen no entender que si una mujer camina hacia su casa sola por la noche, pongamos, por ejemplo, por la Alfredo Brañas de Carballo, no está pidiendo a gritos que la acosen, que le soplen en la oreja o le digan obscenidades. Simplemente camina. Por trabajo, por ocio, por placer o por lo que le dé la gana. Y sí, lo de cambiarnos de acera lo hemos tenido que hacer todas, al menos una vez en nuestra vida. Y hacer que timbrábamos en portales extraños, y pegarnos a otras chicas «por si las moscas».

Y lo peor es que, lejos de mejorar, nos vamos cuesta abajo y sin frenos. Una confía en que las generaciones venideras tengan una mayor concienciación -sería de esperar, dada la cantidad de información a la que tuvieron acceso desde niños- pero nada más lejos de la realidad. Es más, hace unos días yo misma lo sufrí en mis carnes. Bajando por un aparcamiento, de noche, un grupo de chavales de no más de 16 años corrían detrás de mí a grito pelado: «¡Somos violadores!, ¡Somos violadores!». Así, sin más. Sin reparo alguno frivolizaban con una lacra social de tal calado. Y con carcajadas de por medio.

Qué asco de sociedad enferma.

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