«Con 1.300 alumnos, o Alfredo Brañas era unha batalla campal»

De la herrería de su padre en Sofán pasó a la casa del conde Carlo Borromeo en Milán, pero muchos lo conocerán por la tortilla de patatas de su mujer. Esta es la historia de José Ángel Añón


Carballo / la voz

«O outro día fun a un despacho de avogados importante de A Coruña e en canto entrei berráronme: ¡Pepe, ponme medio de tortilla!». José Ángel Añón se pasó 23 años al frente de la cafetería del instituto Alfredo Brañas de Carballo. «Aquilo era unha batalla campal», recuerda porque el centro llegó a tener 1.300 estudiantes, el doble que ahora. Sin embargo, aunque muchos recuerden esos tiempos con nostalgia -y con el gusto en la boca de los huevos caseros y las patatas de Sofán- solo fue una etapa en la vida de este hijo de herrero que ahora tiene 68 años y que ha realizado los trabajos más diversos.

Antes de dedicarse a la hostelería, José y su esposa pasaron 13 años en Milán. Recién casados, con solo 20 años, recalaron como personal de servicio del conde Carlos Borromeo, que recientemente ha emparentado con la familia Grimaldi. «Era a xente educadísima. A señora pedía permiso para entrar na cociña, para coller ao mellor un cacho de pan», recuerda. Allí pasaron más de tres años hasta que nació su hija mayor y quisieron prosperar. «Estabamos moi ben, pero gañabamos pouco».

Siempre en Milán se emplearon con un nuevo rico al que abandonaron pronto y acabaron con la familia Keller, de origen alemán, y dueña de IML (Industria Mecanizada Lombarda», donde se pasaron 11 años, en los que estuvieron acompañados de sus hijas. José hacía la compra, limpiaba la casa y, entre otras cosas, servía la mesa, con guantes y chaquetilla blanca. Allí aprendió su esposa a cocinar, algo que en los años siguientes pudieron disfrutar tanto los alumnos del Alfredo Brañas como los del Fogar, en cuya cocina trabajó durante años. A los 69 años todavía está de alta en la Residencia de la Tercera Edad de Carballo.

Tampoco José se jubiló a los 65. En diciembre hará dos años que pasó a ser pensionista y desde entonces se ha convertido en un «lacazán». Lo dice él mismo. Su esposa le pide colaboración con la casa, pero él parece haber puesto punto y final a una vida de trabajo que empezó hace seis decenios en la herrería de su padre.

Desde su regreso de Italia, José compatibilizó varias ocupaciones. Abría el instituto a las 8 de la mañana, daba incluso comidas a mediodía, llevaba un almacén de piensos y abonos en Sofán, desde que el servía mensualmente un centenar de toneladas de material agrícola, y continuó haciendo trabajos de herrero. «Marchaba da casa ás 8 da mañá e non regresaba ata as 8 ou 9 da noite. Aínda non sei como facía, non sei cando durmía. Foi un matadoiro, pero nós somos xente traballadora», recuerda. También reconoce que «agora descanso todo o atrasado».

Todos los años, por junio, se reúne con profesores con los que compartió los cuatro lustros en el instituto. En Verdes celebran una churrascada en la que él y Jesús Antelo, el cura de Cances, se ocupan de cocinar. Se trata de una convocatoria mucho más reducida de la que organizó hace ya muchos años con los vecinos de la zona que fueron emigrantes en Italia. Entonces consiguió reunir nada menos a 300 personas.

Le ofrecieron en 1984 quedarse a vivir en Milán. Las condiciones eran inmejorables, pero la morriña pudo más. «Teño a experiencia de outros que se quedaron e agora non son de aquí nin de alá. Cando as nenas comezaron a escola, marchamos».

«Na escola eramos 150 nenos. A miña filla ten unha ducia en Buño e as veces parécelle moito»

José Ángel tiene cinco hermanos. No solo es el mayor, sino que los otros son bastante más jóvenes que él. «A máis nova naceu cando eu fixen o servizo», recuerda. Fue voluntario, a Santiago, porque a su padre y a sus seis tíos paternos los mandaron a África. Parecían estar predestinados por ser los primeros de la lista. Evitó África y se casó al terminar la mili, con apenas 20 años.

Todo lo hizo pronto. A los siete años ya trasteaba por la herrería y a los 13 comenzó a trabajar. Fue entonces cuando acabó su instrucción, en un colegio delante de su casa. «Non había instituto nin outra cousa. Tiñamos o silabario, algún manuscrito e ao final, unha enciclopedia como a gran cousa. Na escola eramos 150 nenos. A miña filla ten unha ducia en Buño e as veces parécelle moito. Nas casas eran seis ou sete fillos e agora son un o un e medio», señala con sorna.

Su padre le dio un oficio que le hizo ganarse la vida. En los 70, cuando hubo la transición de los animales de trabajo a los tractores, la herrería dejó de ser negocio y por eso se fue a Italia. A la vuelta, ya en el 84, pilló un panorama diferente. «As vacas xa non tiñan ferraduras, pero estaban estabuladas e había que coidarlles os pés», explica.

Al final trabajaba en 18 concellos, desde Dumbría hasta cerca de Santiago. Dos veces al año atendía a cada uno de los animales que tenía asignados, a una media de 50 reses diarias. «Nos últimos dez anos todo era máis fácil, tiña un potro mecánico moi moderno, con rebarbadoras de disco de diamante. Era practicamente un traballo de señorito», reconoce. Nada que ver con los comienzos en la parroquia carballesa de Sofán.

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