«Hasta en lo más pequeño hacemos tambalear la ética»

Penúltima función de sala del FIOT de este año, la obra de hoy es de las más esperadas en Carballo: el público vota los derroteros del espectáculo. Habla Álex Rigola, director


Carballo / La Voz

Anunciada como una de las obras más críticas de este 27.º FIOT carballés, esta noche podrá verse en el Pazo (20.00 horas, 12 euros) la función Un enemigo del pueblo, de El Pavón Teatro Kamikaze. Sobre el escenario, cuestiones a la sociedad, la democracia, la libertad de expresión o le ética. Álex Rigola, uno de los directores más innovadores e internacionales de este momento, está detrás de esta versión tan personal del clásico de Henrik Ibsen, en la que el público decide en gran medida el derrotero del espectáculo. En una ocasión llegó a durar 12 minutos. Así habló para Radio Voz el propio Rigola:

-¿Quién ese «enemigo del pueblo» del que hablan?

-Cada uno de nosotros, con unos miedos que hacen que muchas veces no nos atrevamos a pasar esa barrera de la ética que tenemos tan clara cuando la vemos en terceros, pero no cuando tiemblan nuestros intereses personales.

-Ética y poder. Ética y miedo. ¿A menudo se enfrentan?

-Continuamente, y los poderosos lo saben. Es su herramienta principal. El hecho de que nosotros estemos en unas dinámicas de gasto materialista continuo... Nos obliga muchas veces a guardarnos lo que pensamos. Hasta en lo más pequeño, cada día, hacemos tambalear nuestra ética. No hace falta, incluso, ni que nos lo digan los poderosos.

-Su obra nos habla de una compañía que recibe subvenciones de un partido con acciones contrarias a su ética. ¿Callarse para poder llevar a cabo el proyecto crítico? ¿Pierde fuerza moral si lo hace? Puede relacionarse esto con muchas otras cosas.

-Sí, y de hecho este es el ejemplo con el que se empieza el espectáculo, si bien el caso principal es el de un balneario cuyas aguas están contaminadas, pero de lo cual vive directa o indirectamente todo un pueblo. Si lo hacen público, será la ruina de todos, y en esa tensión es en la que viven los personajes.

-Un elemento clave es que convierten el patio de butacas en un ágora. El público vota de forma real y va juzgando los hechos. ¿Por qué es así y qué aporta a esta función?

-Mucho, porque al final lo que buscamos es esa relación directa con el espectador. Es algo que no le puede dar ni el cine ni la televisión. Es un espacio único del teatro. Aquí se produce. Hay un momento en el que se crea un debate sobre lo que está planteando el protagonista y los espectadores que quieren dan su opinión y votan, decidiendo si él es o no el enemigo del pueblo.

-Esto traerá muchas sorpresas.

-La sorpresa más bonita es que la gente, en general, aunque algún día no ha salido así, dice cosas muy bien dichas.

-¿Qué pretendía al versionar este clásico de Henrik Ibsen?

-Reflexionar sobre el momento en el que estamos, sobre nuestros miedos, sobre cómo nos utilizan... No intento adoctrinar porque no creo que sea la función del teatro, pero sí poner lupas sobre ciertos hechos y sobre cómo nosotros respondemos desde nuestra sociedad. Creo, por ejemplo, que hemos perdido el sentido de la política, y que votamos mucho más por pasión o incluso por cansancio de votar que por lógica. Hay un libro, Contra la democracia, de Jason Brennan, que es bastante demagógico, pero que plantea las mismas cuestiones que planteaba Ibsen. Por qué llegamos a ese mismo momento hoy: cómo estamos votando, nuestro desencanto de nosotros mismos como ciudadanos y de nuestros vecinos y sobre cómo votan...

Las dos últimas sesiones de microteatro, ayer

A historia das flores (en la imagen, durante su representación en la floristería Taibo) y A bonequiña fueron, ayer, las dos últimas funciones del certamen de microteatro del FIOT Metro Cadrado (M2). Pequeñas piezas en espacios inusuales y comunes al día a día.

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