«Con veinticuatro años volví a nacer»

Un accidente laboral cambió la vida del carballés Jorge Villar. «Tendría que estar muerto o postrado en una silla. Me siento afortunado de estar vivo y de poder ser padre», explica. Así cuenta su historia

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Carballo / la voz

Hollywood no nos habrá dado muchas lecciones de vida, pero si a algo nos ha enseñado en los últimos decenios es a morir. Le faltarán dedos para contar las ocasiones que ha visto en el largometraje de turno esa «luz al final del túnel» o esas «diapositivas» que repasan toda una vida instantes antes de decirle adiós.

Pura ficción, pensará, aunque el carballés Jorge Villar difiere, y sabe bien de lo que habla.

A mediados de los noventa no había muchas alternativas para un chaval de dieciséis años: «O estudias o trabajas, una de dos». Él escogió la segunda, y tiró por el sector que por aquel entonces atravesaba su época dorada. Durante ocho años la construcción pagó sus facturas y se dedicó a la colocación de pladur, trabajando por toda España y por el continente. Las condiciones laborales en Barcelona eran de 10: contratos dignos, cotizaciones ajustadas a la realidad y la seguridad laboral como prioridad absoluta.

A los 23 volvió a casa para trabajar durante una temporada por la zona. «Era algo temporal», incide: no planeaba quedarse durante mucho tiempo. Sin embargo, la vida, caprichosa e impredecible, hizo que el 14 de octubre del 2004, cuatro días después de su vigésimo cuarto cumpleaños, Jorge volviese a nacer en la obra en la que trabajaba en Culleredo.

«Me caí de un tercer piso -unos 15 metros de altura- y un tablón de madera me salvó la vida. Si llego a impactar en el hormigón no lo cuento», habla Jorge. «Ahora mismo tendría que estar en un cajón, o muerto de cuello para abajo, pero aquí estoy».

«Algo me salvó aquel día»

¿Algo de ayuda divina? «Puede ser. Algo me salvó aquel día. Creo en la Biblia y en lo que cuenta, aunque no creo en la institución. Considero que la casa de Dios, o como quiera llamársele, ha de estar abierta para todos, pero parece que se vuelve cada vez más exclusiva. Eso sí, desde que tuve el accidente he sido siempre fiel a tres santos: al Santo Hadrián, a los Milagros y a la Milagrosa».

Le llevó su tiempo, pero en la actualidad recuerda con bastante claridad cómo fue la caída: la sintió lenta, casi eternizada, y por sus ojos pasaron diapositivas a toda velocidad. Momentos buenos y malos, recuerdos que no quería rememorar, y otros que se alojaban en la parte placentera del cerebro. Cayó, sintió el golpe sobre su costado y se mantuvo consciente hasta el momento en el que le trasladaron al hospital. Se desvaneció, y cuando despertó de nuevo algo había cambiado. «Quería gritar, removerme en la cama, pero no podía». Y no pudo, al menos no completamente, durante una buena temporada.

Mercedes

Cinco meses de ingreso hospitalario, con sus días y sus noches, y en una habitación con otros dos lesionados con los que forjó una valiosa amistad. «Una noche me dio un ataque de ansiedad, aunque yo sentía que me estaba dando un yuyu y empecé a lanzar cosas. Mi compañera Mercedes, que estaba como yo, sin poder levantarnos de la cama, pidió ayuda a los médicos. Desde entonces cada mañana me decía ‘¡Jorge!’ y yo le respondía ‘¡Mercedes!’. Solo para comprobar que ambos estábamos bien». Aún a día de hoy mantienen el contacto.

A Jorge le llevó rehabilitarse alrededor de un año, al menos en lo que a secuelas físicas se refiere, pues a nivel psicológico ya fue otro cantar. Durante meses le atormentaron las pesadillas por las noches. Revivió su caída una y otra vez: «Me levantaba por las mañanas como si hubiese corrido la maratón de Chicago». En esos instantes fue esencial el apoyo familiar, incide el carballés, aunque para ellos tampoco fue tarea fácil. «Dejas de ser la persona que eras. Durante mucho tiempo yo estuve ofuscado, enfadado con la vida, y eso puede costarte tu relación de pareja o tu familia». No fue así en su caso, y si algo agradece es el apoyo incondicional de su madre.

«Aprendí a intentar ser feliz»

«Sentí como si mis 24 años de vida no hubiesen servido para nada. De repente volví a ser un bebé: yo y mi 1’96 de estatura tuvimos que aprender a gatear, a agarrar cubiertos, a cortar carne... Para una persona que desde los 16 había estado fuera, imagina como es volver a depender enteramente de tu madre». Cada paso entonces era un mundo: lloró cuando se levantó por primera vez de la silla, y también cuando supo que podría ser padre.

Hoy tiene un pequeño de ocho meses y, aunque ya no tiene tanto tiempo para los hobbies que durante años lograron distraerle, vale la pena: «Fue la mayor alegría de mi vida», dice.

Felicidad, alegría, calma, serenidad... Extrajo muchos mensajes de tan traumático accidente, pero el más importante fue la necesidad de «ser feliz, o al menos intentarlo a toda costa». «A veces, cuando el dolor se hace insoportable, pienso y digo cualquier tontería para descojonarme de la risa». Lecciones de vida.

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