No más números


Creo que aún tengo metidos varios números entre el tímpano y el martillo. Se introdujeron en tropel una tarde del San Xoán 2017 cuando tomaba una cerveza en la terraza del Sinagoga del jardín municipal. Se quedaron incrustados a la entrada del oído interno empujados por la voz estridente del binguero-tombolero que este año no estará.

Y no acudirá a la fiesta porque el 27, si va para bingo, es más importante que escuchar a la orquesta Olympus o a Gabinete Caligari. Ya no estará el paseo del jardín sembrado de cartones usados, aunque no es eso lo más irritante. Lo peor son los números, repetidos hasta la saciedad, con una cantinela que acaba metiéndose en el oído. Como el jamón de los predecesores.

Todo el mundo entiende que las fiestas no pueden ser silenciosas, que el jolgorio exige ruido, pero no es posible que se gasten miles de euros en una actuación musical que no se puede disfrutar porque algunos se creen con derecho a todo por aportar unos cientos.

Era hora de que el Concello pusiera algunas normas para bien de todos. El próximo paso será conseguir que las atracciones del San Martiño bajen un poco los decibelios. Bien está que hagan ambiente con música, pero la batalla por poner los altavoces a toda marcha para imponerse a los demás debe parar en algún sitio antes de que revienten los tímpanos de las criaturas que montan en las atracciones y los infelices padres que tienen que acompañarlos.

El ruido, la suciedad y la incomodidad de las calles cortadas son imponderables que acompañan a las fiestas, pero hay que ir pensando en que quizá el centro de Carballo no sea el lugar más oportuno para que los vendedores ambulantes duerman en furgonetas, cocinen en plena calle o se laven en las fuentes. Por desgracia, la calle Jacinto Amigo adquiere esos días más aspecto de campo de refugiados que de paseo festivo.

Podemos hacer la vista gorda con la venta de falsificaciones, que no deben tener muy contentas a las sobrinas de Adolfo Domínguez, esas empresarias que crearon Bimba y Lola, por poner un ejemplo. También podemos dejar que la calle se atasque hasta lo indecible, embutiendo los puestos en un espacio mínimo. Lo que no podemos es permitir es que la fiesta nos cause más incomodidad que diversión, que el «otro jamón» nos perfore el tímpano o que pisemos durante días patatas fritas incrustadas en las baldosas de la plaza.

La fiesta es para todos, para tomarla con calma o con jolgorio, tiene que ser agradable y divertida para todos y por eso hay que ceñirla a ciertas normas. Que desde la comisión lleven años pidiendo que se baje el volumen durante los conciertos y que no hayan conseguido que les hagan caso es cosa muy seria y por eso, hay que andar haciendo números.

Autor Cristina Viu Ciudadana

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