El postureo del que come la mafia


Las unidades fiscales de la Guardia Civil parece que han decidido ponerse las pilas. La semana pasada lo hicieron en Barbanza y esta vez le ha tocado al mercadillo de Vimianzo, donde le incautaron a un comerciante de Carballo 1.737 artículos falsificados. Es una anécdota cuantitativa, simplemente con mirar lo que se mueve con todo descaro en los mercados de la Costa da Morte, donde incluso una asociación de empresarios puede permitirse el lujo de organizar una feria de oportunidades y darle cabida a un puesto entero con este tipo de productos. Sin embargo, tiene una valor cualificativo, si se mantiene en el tiempo, por lo que supone de dejar de mirar para otro lado en un negocio que destruye empleo por todo el mundo, funciona como alimento de las mafias y se nutre de los absurdos más grandes a los que ha conducido al ser humano la sociedad del consumo desaforado y de la imagen, lo que hoy ha venido a llamarse postureo.

Las implicaciones de la falsificación de marcas son múltiples y obedecen, fundamentalmente, a un esquema de necesidades (que no son tales) creadas, que se basan en el querer, no poder tener y el aparentar. Un sistema que, por llevarlo los extremos tiene en sus polos más débiles al mantero de Lavapiés y al adolescente que sueña con la camiseta de su ídolo, mientras engorda las cuentas, o bien de la multinacional de turno, o del mafioso de las importaciones chinas clandestinas.

Al igual que al senegalés de marras, la televisión por satélite antes y las redes sociales hoy, le venden el milagro europeo de lujos y buen vivir, para acabar arrastrando un trapo delante de la policía a cambio de comer y un camastro entre otros 20, también al consumidor del mal llamado primer mundo le meten por los ojos la ilusión de regatear como Messi o ligar como Banderas, por comprarse tal zapato o ponerse cual colonia.

La idea es tan ridícula como sorprendentemente efectiva y funciona de manera parecida, por más que no se puede comparar jugarse la vida para cambiar una miseria por otra, con la frustración juvenil que, quien más quien menos, tenemos en la memoria de aquella chaqueta que deseábamos porque la tenían todos y no nos quisieron, o más bien pudieron, comprar.

Aunque esto sea tan viejo como el ser humano y sus reflejos pasasen antes ya por los vaqueros Levi’s de A Pedra de Vigo en los noventa, o los polos Lacoste de la feria de Valença en Portugal en los 80, probablemente nunca la sociedad de la imagen tuviese el poder que ha adquirido hoy. Y por tanto, tampoco en momento alguno hubo tal potencial para que sigan floreciendo el marquismo, las falsificaciones y el autoengaño.

Autor J. V. Lado CIUDADANA

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