El carballo de Vilar de Francos es el único que resiste el paso de los años y los catálogos

Los primeros árboles protegidos en la zona han secado o desaparecido, con la excepción del centenario de Artes


carballo / la voz

Tiene poca suerte la Costa da Morte con los árboles de interés o excepcionales. Incluso con los árboles sin más: no es tierra de grandes alamedas, los ejemplares que bordeaban las principales vías fueron derribados y los que resistían el paso de los años acabaron cayendo o secando. En Carballo hay varios ejemplos recientes. Las calles nuevas nunca previeron avenidas arboladas como las que sí se plantan en las nuevas urbanizaciones de toda España, sea un lugar de sol o de lluvia, haya montes cerca o no.

Además, los árboles sobresalientes no alcanzan el reconocimiento que merecen. En el Catálogo de Árbores Senlleiras de Galicia hay 149 ejemplares reconocidos como tales (y 37 formaciones), por su elevado valor (hay muchas maneras de medirlo) físico, histórico, patrimonial... Solo uno es de la zona: el carballo de Vilar de Francos, en Artes, Carballo. Ha habido intentos de incluir otros muchos, pero de momento no han pasado el filtro. O no ha habido suficiente interés. La inclusión otorga reconocimiento, derechos, protección y posibilidad de ayudas, pero también protección.

El catálogo, que se modifica con regularidad para añadir algún ejemplar o retirarlo si ha secado, tiene apenas once años de recorrido. Pero mucho antes, a finales de 1985, hubo un precedente, el Inventario de árboles sobresalientes de Galicia, que en la provincia de A Coruña recogía 102 ejemplares de los 250 en total. Cada uno se valoraba con puntuación según su importancia. Era un encargo del Servicio de Medio Ambiente Natural de la Consellería de Agricultura, elaborado durante meses (y 5.000 kilómetros) por una empresa especializada.

Conservación

En la comarca se incluían seis árboles y una parra. Solo queda un árbol de aquella lista, el carballo de Vilar de Francos, del que entonces se decía que tenían una antigüedad de 400 años, aunque sobrepasa esa frontera. También se señalaba que estaba afectado por la edad, con ramas muertas y muñones y un ataque suave de un hongo. En la actualidad sigue siendo imponente, pero le pesa el tiempo. Los temporales, las podas y la vejez se han llevado por delante muchas ramas, y su aspecto se ha deteriorado y desnudado, sobre todo por uno de sus lados. En aquel momento su dueño aún era José Antonio Quiroga, el marqués de la Atalaya, dueño del pazo, cuya propiedad en conjunto fue vendida a la empresa hostelera de La Penela.

Otro de los ejemplares incluidos era la antigua yuca (aunque se conocía como la palmera) de la Praza de Galicia. Había sido trasplantada de los jardines de la Casa da Condesa, en los Baños Vellos, jardines que acabarían en manos de Fenosa. De hecho, esta empresa pagó el traslado, recordaba Ricardo Vilas, entonces concejal.

También se incluía en aquel catálogo un monumental pino de Lamalonga, en Coiro (A Laracha) de unos 28 metros de alto, un diámetro en la base de 1,27 metros y una antigüedad superior al medio siglo. Llamaba la atención desde la carretera que va a Cerceda. Fue cortado hace años. Cerca, en el atrio de la iglesia de Soandres, había tres castaños centenarios de grandes proporciones, que tampoco existen ya. El párroco, Manuel Mallo, explicó que desaparecieron porque secaron, y uno de ellos se cayó. El más viejo daba unos 136 metros cuadrados de sombra, según señalaba aquel estudio, que ya indicaba que su estado fitosanitario no era bueno, y que además habían sufrido los efectos del huracán Hortensia. Apuntaban los técnicos que pudieron ser plantados por monjas cistercienses y que uno surgía de un pozo.

Finalmente, aquel inventario también incluía una llamativa y longeva parra en Coristanco, en el interior del bar bodegón Trincado. Atravesaba las dos plantas de la casa. Pero un día secó. Por la tradición mantuvieron parte del tronco, con tan mala suerte que sirvió de enlace para la carcoma.

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