La obligación de barrer las colillas


Hay días completos, que ofrecen la oportunidad de ver en sus 24 horas lo mejor o lo peor de absolutos desconocidos. A veces con solo mirar y estar atentos somos capaces de hacernos una idea de cómo son las personas. Un solo gesto puede decir más de la forma de ser de alguien que todo un discurso.

Ocurrió el martes. Eran casi medianoche y una mujer se entretenía en recoger con la ayuda de una escoba cada una de las colillas que había delante de la pizzería de la Gran Vía. Me llamó la atención su dedicación y a punto estuve de parar para darle las gracias, harta de tener que pisar restos de cigarrillos cada vez que camino delante de un bar. Estoy convencida de que se trata de una señora atenta, educada y cuidadosa.

También ocurrió el martes y en la Gran Vía. Una mujer sale de una lencería. Está comiendo algo que no puedo distinguir cuando estoy más cerca advierto que en su mano derecha lleva la peladura de una naranja. Se acerca al bordillo y desdeñosa la tira en la calzada. Tampoco le digo nada, pero por miedo a que me monte una escena, porque una persona que hace algo así tiene que ser desagradable, maleducada e incluso agresiva.

Como una sociedad no puede estar al albur de la personalidad y la educación recibida por cada cual será unas normas que deben cumplir los mansos y los rebeldes. A nivel municipal se conocen como ordenanzas y deben velar por ellas los policías y aplicarlas el Concello.

No sé cuántas multas habrán tramitado los agentes por echar al suelo de la plaza cáscaras de pipas, pañuelos de papel usados en las márgenes del sendero del Anllóns y latas de refresco vacías o envoltorios de bollería industrial en cualquier parte.

Todos los días veo a los trabajadores de Aspaber limpiando las calles con dedicación y empeño y me pregunto cómo es posible que en cada jornada laboral, una tras otra, recojan semejante cantidad de basura. Pero lo que más me cuesta entender no es ya cómo alguien puede tirar un papel o una monda de naranja el suelo sin inmutarse, sino cómo puede no molestarle que ese desperdicio esté ahí cuando se digne a mirar al suelo.

Alguien me decía que los que maltratan a los animales son malas personas y pueden también causar daño a sus congéneres humanos. Estoy de acuerdo. El que daña a un ser vivo sin mostrar ningún tipo de compasión puede ser capaz de cualquier otra atrocidad que quizá lo lleve a la cárcel. A veces es solo cuestión de oportunidad, de medios y de posibilidades. Si el que tira un envoltorio, una lata o una peladura en la calle pudiera quizá contaminaría el río o el mar. Es posible que lo haga también.

Autor Cristina Viu CIUDADANA

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