«Mi corazón lo tengo aquí, en el cementerio»

Guadalupe Iglesias tiene a cinco de sus once hijos enterrados en Carballo, adonde los trasladó hace 4 años desde A Coruña


Carballo / La Voz

Guadalupe Iglesias Jiménez, de 78 años, mira fijamente los dos nichos que tiene delante. No se moverá de la banqueta en la que está sentada hasta las 5 de la tarde, cuando comience la misa en el cementerio de Carballo, donde la dejaron unos familiares a media mañana. En las lápidas cubiertas de flores que tiene en frente hay cuatro fotografías de hombres y mujeres jóvenes. Son sus hijos. Ha enterrado a cinco de los 11 que parió. El quinto está en otra sepultura por falta de espacio junto a sus hermanos y Guadalupe ha ido a visitarlo también. De hecho, hace un rato que va y viene por la parte nueva del camposanto carballés.

«Mi corazón lo tengo aquí, en el cementerio», dice Guadalupe mientras no quita ojo de las fotos de las lápidas. «Me consuela ver la cara de mis hijos», dice, y vuelve a sumirse en el silencio.

A algunos los tenía enterrados en A Coruña y hace cuatro años los trasladó a Carballo, donde ella vive ahora. No puede visitarlos a menudo. «Estoy muy enferma, soy diabética y sufro del corazón, estoy con mucho tratamiento», explica.

«Esta es la hija con la que vivía», dice señalando una de las fotografías, «sus hijos están casados y no pueden venir porque se ponen como locos». Y allí está ella sola, pasando el tiempo entre una y otra hilera de nichos, moviéndose con dificultad y esperando a la misa. «Yo ya me he acostumbrado a verlos en fotos», explica y concreta que también tiene sus retratos en su dormitorio».

«Hablo con ellos y les digo que pronto les haré compañía, pero la verdad es que mi corazón y mi cabeza están aquí», señala. «Un hijo nunca se olvida. Yo hice mucho por ellos y ellos fueron muy buenos, nunca me levantaron la voz». En el cementerio se siente «tranquila» y dice que de mantener las tumbas y adornarlas se ocupan «los hijos que me quedan».

«A la niña le hablamos de mis abuelos»

Catalina no para un segundo quieta. Corre por los pasillos del cementerio e incluso se encarama al nicho en el que descansan sus bisabuelos. Solo tiene tres años y medio y sus padres la llevan al cementerio desde que comenzó a andar. Al menos una vez al mes vienen desde Cee, donde regentan una academia de inglés, para renovar las flores y saludar a los abuelos de Lorena, su madre. La niña solo conoció a uno de ellos, pero les hablan a menudo de ambos, por lo que los tiene muy presentes. «Eran como mis padres», aclara Lorena, que sí es natural de Carballo. Su esposo, el británico Spencer Bowditch, colabora en la limpieza y adecentamiento del nicho familiar, pero lo hace «por respeto» y no porque el 1 de noviembre signifique nada para él. «En Inglaterra no existe nada de esto», dice su mujer.

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«La sequía disparó la venta de flor»

Hoy cerrarán la floristería para descansar un poco de los cinco frenéticos días que han vivido para dar respuesta a todos los encargos, que han sido centenares. «La sequía disparó la venta de flor», explica Natalia Campos. «En las huertas hubo hasta agosto, pero se acabó por falta de agua. Solo los viveros pudimos producir, pero a base de riego», aclara.El precio medio del centro ha estado entre los 25 y los 30 euros, pero la gente no ha reparado en gastos, según explica Mary.

Este año los clientes pedían algo «no tan desenfadado», dice Natalia, que está convencida de que el cambio climático es una realidad. El caso es que este año no ha habido nada de siempreviva, una flor habitual en estas fechas y ha escaseado también la margarita, tan común en años anteriores.

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