«El primer mes en Madrid tuve que dormir en albergues, fue muy difícil»

Henry Ngamnga lleva ya 10 años en A Coruña y tiene un negocio en Carballo, pero no descarta cambiar de país. Lo único que tiene claro es su pasión por la electrónica


Carballo / La Voz

Henry Ngamnga llegó a Madrid en 2004 en avión procedente de Camerún. No recuerda, o no quiere acordarse, del mes que era o de lo que pensó al llegar a España sin saber el idioma ni tener muy claro lo que debía hacer. Su intención era matricularse en la politécnica para seguir estudiando electrónica, que es su pasión. «Era mucho dinero», explica, y no pudo ser. Ahora regenta un negocio en las galerías de Carballo, junto a la calle Fomento.

Su español es solo regular y dice que no entiende nada de gallego, pero no tiene ninguna dificultad para comprender lo que le dice un cliente, dueño de un enormísimo televisor que no funciona, que no habla otra cosa. Los dos están concentrados ante las placas electrónicas del aparato destripado y conversan sobre dónde puede estar el problema. Para Henry Ngamnga esta es la parte favorita de su trabajo: descubrir dónde está el fallo y conseguir solucionarlo.

A los 39 años ha conseguido finalmente hacer lo que verdaderamente le gusta, pero señala que para llegar al pequeño local que ahora regenta con un socio ha tenido que vencer muchas dificultades.

La mayor fue, tal vez, plantarse en Barajas, a la aventura. «El primer mes en Madrid tuve que vivir en albergues», explica y reconoce que lo pasó muy mal. Alguien lo recogió de la calle, una traductora que hablaba francés «perfectamente» y a la que él llama madre. «Me enseñó español y me dijo lo que podía y no podía hacer». Enseguida supo que no tener la documentación en regla lo abocaba a trabajos que nada o casi nada tenían que ver con lo que él buscaba en España. A pesar de todo, nunca vendió por las calles, como han tenido que hacer muchos de sus compatriotas.

Eso sí, tuvo que dedicarse durante mucho tiempo a «lo que aparecía en el camino», reconoce. Durante su estancia en Madrid aprende que «hay gente mala y gente buena», entre ellas «esa señora a la que yo llamo madre y que ahora es muy mayor para poder viajar»

De Madrid se va a Zaragoza para hacer un curso sobre energías renovables, pero la capital de Aragón no le parece acogedora y regresa a Madrid. Vivir en la gran ciudad resulta demasiado costoso y las posibilidades de encontrar un buen trabajo eran escasas. Entonces empezó a mirar en el mapa de España y se encontró con Galicia. Sus conocimientos sobre la comunidad eran muy rudimentarios. «Solo sabía que la gente vivía de la pesca y que era complicado encontrar trabajo». No estaba tan equivocado porque astilleros de la zona han hecho barcos pesqueros para Camerún y ha habido relaciones basadas precisamente en la pesca artesanal.

Lo que lo convenció fue el precio de los alquileres. «Con lo que pagaba en Madrid por una habitación tenía para una casa entera en A Coruña», explica. Diez años lleva ya en Galicia, pero no se considera gallego ni cree que pueda serlo nunca. Ni siquiera tiene claro que vaya a quedarse aquí. «Depende de la situación, de la vida, nunca se sabe», reconoce. A pesar de su edad tampoco piensa en tener una familia. «No me llena la cabeza ahora, ni lo pienso en este momento. Dios dirá», explica. Tampoco habla de su niñez y juventud en Camerún. Se limita a decir que vienen de una gran familia, «como todas las de África».

«Con un título más grande y este color, la gente no se fía de ti y siempre te ponen a prueba»

A Henry no le fue fácil encontrar trabajo en Galicia, pero lo logró en el campo de la electricidad, aunque no era lo que más le interesaba. Como a muchos españoles, le pilló la crisis y en el 2012 la empresa para que trabajaba en Alvedro, en A Coruña, desapareció y el se encontró de nuevo en la calle. Volver a ocuparse fue harto complicado de nuevo y más en época de vacas flacas. «Con un título más grande y este color, la gente no se fía de ti y siempre te ponen a prueba». Al margen del tono de su tez, comparte con muchos jóvenes de aquí el problema que supone tener una ingeniería y buscar un trabajo para el que se necesita una formación mucho menor. «La gente desconfía», dice.

Quizá por ese motivo se decidió a emprender, apoyado por un socio que conocía Carballo. Poco a poco va siendo más conocido, por el clásico método del boca a boca.

Dice que lo que más le traen son móviles, a pesar de que cada vez es más raro encontrar quien los arregle y que lo habitual es cambiarlos a menudo. «Hay gente que no tiene dinero para aparatos nuevos y solo puede arreglar los que ya tenían», dice. En eso se basa su trabajo y, sobre todo, en la pasión que siente por la electrónica. Dice que para su labor se necesita «paciencia, concentración y pensar mucho», sostiene. También mantenerse al día porque el mundo de la electrónica y la informática avanza muy rápidamente. «Hay que estudiar mucho y hacer mucha investigación por tu cuenta para poder estar al día», explica. Es lo que cuesta «estar en el mercado» y de ello depende tener una clientela que crece poco a poco, pero que todavía no es suficiente, no acaba de despegar, según dice.

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«El primer mes en Madrid tuve que dormir en albergues, fue muy difícil»