¿Escuela de padres o escuela de madres?


El pasado 12 de octubre, este diario publicaba una fotografía de la clausura de la escuela de padres y madres de la asociación Vieiro. En esta actividad, un grupo de psicólogas instruye a los progenitores sobre cómo comunicarse mejor con sus hijos e hijas para poder mejorar su educación, detectando y anticipándose a los posibles problemas. En la imagen aparecen más de cuarenta personas, casi todas madres. Están también las monitoras del curso y el presidente de la asociación, José Manuel Vázquez. Entre todas ellas, Vázquez y un padre son los únicos hombres presentes. Este año, de los ochenta participantes en la actividad, sólo dos eran hombres.

Desde Vieiro explican que esta escuela para progenitores, impartida por psicólogas especializadas en el ámbito familiar, se adapta a los horarios más convenientes para las familias, con el fin de que acudan el mayor número posible de alumnos. A veces por la mañana, otras por la tarde, otras en fin de semana. Y para que no haya grandes desplazamientos, hay clases en varias parroquias del municipio. Pero la foto siempre es la misma. Echando un ojo a la hemeroteca, la presencia femenina supera todos los años el noventa por ciento de los participantes. Es un hecho.

Si a la hora en la que se celebra el curso nos vamos a algunos lugares de ocio, esa brecha se invierte. Y en los fines de semana, en los pabellones y en los campos de fútbol donde compiten los chavales, se iguala. Ese también es un hecho. No se trata de dar premios de buenas madres y malos padres, pero con estas diferencias, tal y como explica el presidente de Vieiro, «a mesa queda coxa». Y se está hablando del pilar básico de cualquier familia, como es el de la educación de los hijos.

Se puede aceptar, por ejemplo, que a esta actividad acuden más mujeres porque hay familias monoparentales donde no existe la figura del padre. También se puede aceptar que a los padres les sea imposible asistir porque a esa hora están trabajando. Y se puede aceptar, asimismo, que mientras la madre acude al cursillo, el padre está limpiando la casa o preparando la cena. Pero, aun así, la cuenta no da. Y muchas de esas mujeres también trabajan, y limpian, y cocinan. Ochenta frente a dos es demasiada diferencia.

Es un problema con raíces profundas y antiguas que hay que enfocar con precaución. Hasta ayer se asumían roles que ligaban al hombre al trabajo y a la mujer al hogar, que en ocasiones vienen dados, precisamente, por un entorno demasiado tradicional. Pero es labor de toda la sociedad (progenitores, empleadores, políticos...) trabajar para que la incomparable tarea de educar a un hijo no sea ni mayor, ni menor, ni distinta por el mero hecho de llamarse papá o mamá.

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