Alianza de santos festeiros en Carballo

La fiesta se extendió ayer por toda la localidad, pero el San Cristovo fue el punto de encuentro de los jóvenes


Las columnas de humo que ascendían por decenas hacia el cielo carballés confirmaron un año más que la del San Xoán sigue siendo una noche de fiesta generalizada para los vecinos de la localidad. Bares que obsequiaban la fidelidad de sus clientes con sardinas y churrasco; amigos y familias que se congregaban frente a sus casas en torno a barbacoas de diseños variopintos, y escultores por unos días que aguardaban la visita del jurado del certamen de cachelas mientras preparaban también su propia celebración convirtieron la capital bergantiñana no en una fiesta, sino en infinidad de ellas. En muchas, además, el San Xoán contaba con otro aliado del santoral. Y es con su permiso y el de San Simón -el del vino, también muy presente en algunas celebraciones- San Cristovo -el del barrio- se ha convertido en uno de los grandes protagonistas de esta noche de fuego y ritos en Carballo.

En los solares situados frente a la iglesia que lleva su nombre, a última hora de la tarde de se contaban ya por centenares -repartidos en numerosos grupos- los jóvenes que comenzaban a disfrutar de la celebración más heterodoxa. Las tradicionales sardinas perdían allí la batalla frente al churrasco -«aquí somos todos carnívoros», explicaba el portavoz improvisado de uno de los grupos- y la competición por tener la cachela más grande hacía lo propio ante el debate de los decibelios: «Nós temos uns altavoces de 6.500 vatios e os de aló en baixo, uns 5.000», contaba otro joven señalando la pequeña estructura cubierta donde un amigo disyóquey afinaba sus platos.

Como si de una romería se tratase, cintas de colores marcaban ya desde hace varios días un espacio que en los últimos años se ha consolidado como punto de peregrinaje para la juventud carballesa -«é o mellor sitio para celebrar o San Xoán. Aquí non molestas a ninguén»- y en el que no faltaba prácticamente de nada. Generadores eléctricos, mesas de cámping, toldos, colchones y sofás condenados a alimentar las últimas llamas - «cando a xente vaia marchando»- poblaban un descampado tomado también por centenares de palés de madera, que igual servían de bancos, alimentaban una cachela o daban forma a una grada desde la que disfrutar del espectáculo que se avecinaba.

A medida que la luz comenzó a declinar, el fuego de las barbacoas le fue dando el relevo a la espera de que las cachelas comenzasen a arder para iluminar una de las noches más cortas -o largas- del año. «Volvede pola mañá a ver se seguimos aquí», invitaba uno de los devotos del San Xoán en el San Cristovo.

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