Pinturas que transforman pueblos

En Carballo ya hay casi 50 murales, hechos en apenas dos años y medio. Todo empezó en una mustia pared de la rúa do Sol


Carballo / La Voz

El Rexenera Fest de Carballo, que es el festival de Derrubando muros con pintura, termina hoy. Han sido cinco días intensos de arte y creatividad, que han permitido reflexionar además sobre los algo más dos años y medio que han transformado las calles de la localidad. Y además, comparando.

¿Cuál es la situación y cómo se ha llegado hasta aquí?

Hay casi 50 murales de los temas y artistas más variados, y todo un mundo a su alrededor que incluye visitas guiadas, actividades paralelas, inclusión en publicaciones de soportes variados que le dan a Carballo una visibilidad que no tenía, y una buena aceptación social. No solo por vestir paredes que hacían más dura la estética urbana, sino por acercar el arte a todos: Carballo es un gran museo el aire libre en paredes privadas y públicas, cada vez mayor, cada vez con más artistas (gallegos, nacionales e internacionales). Y todo empezó el otoño del 2013, pese a la lluvia, en la pared de la rotonda de la rúa do Sol de la que se encargaron Paula Fraile y Roberta Venanzi. Los vecinos las acogieron tan bien que hasta les llevaban bebidas o dulces. «Case as querían empadronar alí», bromeaba ayer Maite Parga, la técnica de turismo de Carballo durante su intervención en el Fórum, junto a otros responsables de iniciativas similares en toda la Península.

¿Cuáles son esas otras iniciativas?

Tampoco hay muchas más. Carballo no es pionero, pero está en un selectísimo grupo. La experiencia personal y vecina de Portugal, narrada por la arquitecta Lara Seixo, responsable de muchos proyectos sobre arte urbana, es muy interesante. Y tienen puntos en común. Ella empezó en su ciudad, Covilhá, cerca de Salamanca. Su feísmo no era como el de Carballo, sino que aprovechó naves industriales abandonadas en los setenta cuando empezó una de las muchas crisis que ha habido en Portugal. Tampoco la situación, porque allí «no pasaba nunca nada». La programación cultural era mínima. Así que los murales empezaron a brotar, y de esas naves se expandieron a la ciudad. Otra diferencia con Carballo: pese al éxito, el Ayuntamiento dejó de apoyar en un momento determinado. Pero la revolución pictórica había empezado y la fueron llamando para organizar actuaciones similares por Lisboa, Coímbra, Oporto, Cascais, Túnez... En cada lugar, con sus propias peculiaridades.

¿Cómo se implica la vecindad?

Varía los casos. Seixo lamenta que a veces las autoridades locales no hacen demasiado caso, y al mismo tiempo muchos artistas internacionales quieren participar. Pero relató una experiencia que tal vez con el tiempo se pueda explorar en Carballo. Fue en Lisboa. Puso en marcha el llamado Lata 65, para mayores de esa edad. La media eran 74. La mayor, de 102. Fue sorprendente el nivel de implicación para pintar murales. Hay un tierno y divertido vídeo de una de las más activas, una médica jubilada, ya fallecida, que no paró de dejar su huella por las paredes lisboetas. El color les trajo aire fresco a sus vidas. «Mientras estoy aquí, no pienso en las horas y los días que me quedan para morir», confesaba uno de los ancianos participantes. 

¿Y cómo reacciona la gente en Carballo?

Imposible saberlo, pero hay indicadores. En las redes sociales, la gran mayoría de las cosas que se leen son favorables, aunque hay de todo. El vídeo específico de La Voz de Galicia llevaba ayer más de 120.000 reproducciones. En una encuesta rápida, ayer, en cuatro puntos muy diferentes de Carballo, próximos a los nuevos murales, los consultados, todos elegidos al azar, coinciden en las alabanzas. En A Milagrosa, Erica Piñeiro comenta que «antes se veía todo apagado, ahora tiene vida». Su hijo de 10 años asiente. En la Vila de Negreira, David Sánchez opina que es «unha boa idea, anima esta zona, que estaba bastante aburrida». Dice que, por lo que lee las redes sociales, «isto gusta». Desde la calle Perú, Alberte Añón lo califica de «idea orixinal, dálle un toque bo a Carballo. Só hai que ter coidado con non pasarse». En la calle Barcelona, Isidro Escuredo, que vive en Carballo desde hace más de 20 años, señala que «sorprenden». Pero explica la sorpresa: «Gústanme todas moito». Y de paso pregunta quién paga todo eso, «porque unha grúa un día enteiro custa moito». Son opiniones concretas, no extrapolables, pero todas por el mismo camino.

¿Hay mensajes en las obras, o simplemente decoran?

Todo el arte, en sí mismo, transmite un mensaje, pero puede ser más o menos transgresor, más o menos políticamente correcto. Por ejemplo, hay más calado crítico en los trabajos de Sokram, el ordense de Desordes Creativas autor del lápiz con los alpinistas en el Pazo da Cultura. Mensaje: las dificultades, la escalada para alcanzar la educación, sobre todo para algunos. Conste que en Ordes es mucho más punzante, porque conoce bien la situación política del Concello, y sus gobernantes no se han librado nunca de sus puyas. Incluso aunque le pagasen la pintura. Exigen libertad creativa total. No se quedan callados si el gobierno local «gasta 15.000 euros nunha orquestra que toca unha noite e vaise, e nada en cultura que queda para o futuro». Ese tipo de pinturas, en Carballo, no se ven. «Cremos que hai que dar un golpe na mesa», opina. En Ordes llevan ya 8 años, y las frases que les dicen los vecinos no son precisamente alusiones metafóricas, sino dos: Una: «¡Píntame a min!» La otra: «¿Canto custa un esprai?». Esa la cara B del trabajo del artista urbano.

En Carballo tal vez hay más similitud con lo que pasa en Zaragoza, donde llevan ya once años con el Festival Asalto. Ellos sí fueron pioneros, y su objetivo es el mismo: «Transformar». Cambiar la ciudad usando la creatividad, el arte, el diseño. Lo han ido haciendo y el poder público los respeta y apoya. Políticamente son correctos, y eso que se llaman así porque nacieron para «asaltar las calles», dijeron ayer Sergio y Alfredo, dos responsables. Ahora ya se van dejando asaltar, como en la capital de Bergantiños.

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