El complicado juego entre el desinterés y el voto


Como la gaita de Rosalía, que no sabía si cantaba o lloraba, se desconoce si las campanas electorales tocan a fiesta o a defunción. Está como triste la campaña del 20D en estos territorios atlánticos. Sosa, sin sustancia, hueca como un centollo en octubre. Suenan lejanas y a muermo, a discurso gastado, a ideas viejas que apenas susurran los candidatos que van de relleno en las listas electorales. Con muy poca o ninguna apuesta por estos predios olvidados por el Boletín Oficial del Estado, como si este territorio del ocaso permaneciese en la oscuridad permanente para sus señorías, que solo lo citan en la Carrera de San Jerómino cuando el fuego apocalíptico que las aguas lanzan contra la costa les coge los dedos, los intereses, la imagen comprometedora para el voto, o también, como no, para quedar bien. Queda demasiado lejos de Madrid. Ya no son tanto los kilómetros. Es una especie de lejanía virtual. La Costa da Morte cuando suena en las Cortes lo hace con estruendo, pero, luego, como con las tormentas, así que los truenos se callan, regresa del olvido. En realidad hay pocos votos que cosechar en esta esquina, por eso no se molestan. Como mucho, para hacer que se cumple el visto bueno. Además de haber pocos sufragios por los que pelearse, están muy esparcidos por el mundo. O llegarán o no. De ahí que no haya mucha preocupación por castigar a la cada vez más avejentados votantes de esta parcela alejada. Incluso sus quejidos suenan distantes y apagados en los escaños del Congreso. Allí están para otras cosas. Es posible incluso que algunos candidatos, de los que pueden tener opción a salir, se pregunten qué hacemos aún por estos territorios tan inhóspitos, cuando lo mejor sería largarse. Cosa que suelen hacer los más jóvenes, cansados de verle tantas orejas a los lobos. Han aprendido la lección y saben perfectamente que los acantilados son muy bellos, pero tienen mucho peligro y la tierra está demasiado baja para sacarle rendimiento con poco esfuerzo. Así que, salvo excepciones, lo más probable es que a los candidatos no les merezca la pena molestarse. Al fin y al cabo, tampoco supone demasiado esfuerzo mantenernos como siempre hemos estado, olvidados, incluso en las campañas electorales. Otra posibilidad, visto lo visto, es que la campana no suene por llevar tiempo quebrada. Como dice el refrán, campana cascada, nunca sanada. Por no sonar, no suenan ni promesas. O muy despistados andan o nada hay que ofrecer. Salvo el del PP en Carballo, con Feijoo, los mítines tienen más calvas que pelo. Tal vez sea el sino de los tiempos: campaña virtual para necesidades lamentablemente reales. Suelo industrial. Es un punto crucial para el debate y el desarrollo de la comarca. Si el precio es asequible, el mercado de los parques se mueve. La demostración está en Carballo, cuyo polígono es el que ha conseguido más ventas de Galicia tras la campaña de Xestur para rebajar las parcelas en un 50%. Aun así es caro, pero ya han adjudicado 110.000 metros cuadrados. La otra cara de la moneda son los gestionados por SEA, que siguen alimentando tojos porque el precio asusta a los emprendedores. Es un buen tema para ir al Congreso, pero no hay muchas esperanzas de que el problema llegue tan lejos, como tampoco las hay para evitar el deterioro de las pinturas góticas de Moraime, a pesar del ofrecimiento de la Escuela de Conservación de restaurarlas por la manutención y poco más. Son los enredos de la política y la burocracia, que todo lo complican.

Los gustos y los disgustos de la Justicia

La Justicia a veces, además de ciega, es inoportuna. De nuevo salta, en vísperas de unas elecciones, el caso Orquesta. La nueva jueza del caso repartió las piezas del sumario como había ordenado la Audiencia. Sin embargo, el concierto suena idéntico: los mismos hechos, la misma valoración y los mismos imputados. Una de las primeras de las grandes causas de la corrupción municipal reciente en Galicia ha servido de lección a muchos, pero se está volviendo añeja. Varios de los principales concertistas ya están retirados. No es bueno que estos procesos se dilaten tanto. Ha transcurrido un lustro y cuando la Justicia llega tarde, pierde sentido. El caso pide inminencia en la solución, bien con condena o absolución. Una imputación perpetua es una condena muy dura para un ciudadano público. La otra cara de la moneda son el alcalde vimiancés y varios de sus ediles, que se han visto libres de la suya. Ven aclarar su panorama judicial después de los cuatros años negros del anterior mandato. Amaina la guerra judicial en la capital de Soneira. 

  Para disgusto judicial, el de Ponteceso, con la adjudicación por 16.283 euros de lo que iba a ser el gran complejo de Río Anllóns. Un sueño optimista que la crisis convirtió en descabellado, como lo es que alguien se lleve por cuatro perras lo que costó 341.000 euros.

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