«Un estreno no es el final de nada»

Producciones Meridional trae hoy a Carballo «Los esclavos de mis esclavos»


Carballo / La Voz

Producciones Meridional (Madrid) trae hoy a Carballo Los esclavos de mis esclavos (21.00 horas, Pazo, 10 euros). Es un estreno para la compañía y de él habla Álvaro Lavín, director de la obra y también intérprete en la función.

-¿Qué veremos en el estreno de «Los esclavos de mis esclavos»?

-Es un texto nuevo, de Julio Salvatierra, el dramaturgo interino, digamos, de Teatro Meridional desde hace años. Habla sobre tres cooperantes occidentales que están secuestrados en la frontera de Afganistán con Pakistán, se supone que por un grupo de talibanes. Es un espectáculo que, a partir de esta situación, denuncia, entre comillas, la desinformación que tenemos de toda esa realidad, cómo la información siempre nos viene tamizada por intereses y no nos da pie a conocer la vida de las personas que habitan estos países. A mayores de esto, es una excusa perfecta para hablar de religión, de lo que desconocemos de otras religiones, de lo que tenemos en común... de cómo no sabemos qué es lo que necesitan las personas que viven allí, sus prioridades. En un pequeño y reducido espacio, sin saber lo que va a ser de ellos a cada momento, el ser humano busca soluciones para sobrevivir a las circunstancias más adversas. Incluso a través del sentido del humor, una de las armas más valiosas y que a veces olvidamos. Aquí se pone un poco en valor cuáles son esas cosas que nos hacen seguir adelante.

-¿Cómo logran implicar al espectador en una reflexión tan profunda como la que nos dice?

-Hemos intentado que la gente identifique a estos personajes. Tanto a los que están encerrados como a quienes cuidan de ellos y los mantienen secuestrados a la espera de un rescate o un intercambio. Los intentamos humanizar para que el espectador sienta empatía por ellos y se pregunte continuamente cómo reaccionaría él en una situación así. Puede tener muchísimas lecturas y, sobre todo, lo que nos interesa es que entienda las reacciones. Digamos que no ahondamos demasiado en la situación de partida, que ya de por sí es profunda, actual y necesaria. Necesitamos conocer esas otras sociedades con las que parece que nos tenemos que enfrentar porque hay una serie de grupos que nos intentan hacer creer que toda la gente que profesa el Islam o todos los musulmanes son de la misma manera. No obstante, en realidad tenemos cosas en común y compartimos necesidades, incluso en estos casos límites como es que alguien te retenga en contra de tu voluntad. Todo ello, teniendo en cuenta que la acción está en unos personajes que no saben si seguirán vivos al cabo de una hora. Están siempre al límite.

-Habla del humor como arma, pero esta no es una comedia.

-No, no, para nada. Es una drama, pero con toda la investigación que hicimos previa, vimos que una de las cosas más importantes para sobrevivir a esta locura diaria era el sentido del humor. Encontrar en medio del caos un momento para disfrutar de algo y volar hacia otras realidades. Pese a la situación que tienen estos secuestrados: sin nada, estando encadenados a una pared...

-¿Cómo han resuelto la escenografía en una situación así?

-Desde hace unos seis años, nos gusta mucho [a la compañía] el audiovisual. Acabamos de terminar nuestro primer largometraje, La puerta abierta: se estrenará en el primer semestre del año que viene. Lo que tenemos en esta obra [Los esclavos de mis esclavos] es una cueva angosta y húmeda donde se nos presentan los personajes, un solo espacio donde entra una luz por un hueco. Por eso a través del audiovisual también intentamos llevar al espectador a ese Afganistán que no es el que conocemos por el telediario. Cómo juegan los niños, cuál es la vida en la plaza, los bailes... La escenografía, digamos, es algo que está ahí a través del audiovisual, sobre todo en las transiciones, que son las que nos ayudan a situar al público en el largo proceso y el tiempo que pasa entre secuencias.

-Estamos hablando de una primera vez, un estreno. ¿Hay nervios?

-Sí, y es fantástico sentir ese pulso interno. Lo bueno del teatro es que no hay fórmulas escritas, no sabes si lo que te ha ocupado durante un proceso tan largo va a tener sentido para los ojos del espectador. Es algo que no se paga y que nos hace muy felices, al igual que el hecho de hacerlo en Carballo, un entorno que siempre nos ha acogido de maravilla y que nos permite presentar nuestros trabajos en condiciones estupendas. Así que nerviosos, animados y expectantes.

-En el 2003 se llevaron el Premio do Público con «Miguel Hernández».

-Sí, hemos estado varias veces en el FIOT. Aquel era un espectáculo que hablaba mucho de la poética que seguimos en la compañía, la manera de Julio para presentarnos las situaciones. Y creo que Los esclavos de mis esclavos bebe ligeramente y lejanamente de aquella estructura. Tenemos el nervio de cada día antes de cada actuación, pero al mismo tiempo sentimos felicidad por estrenar en un entorno que nos es conocido [llegan ya hoy para perfeccionar todo al detalle, en tanto que la luz, por ejemplo, es fundamental]. Aun así, tengo que decir que para mí un estreno no es el final de nada, es el inicio de algo que se puede corregir, estamos abiertos a escuchar, a revisitar y a cambiar. Es la manera que tenemos de entender el teatro: sentirnos vivos cada vez que hacemos la función. Por eso estamos necesitados de saber la reacción del espectador, sobre todo en una obra como esta, que es de atender, de escuchar, de valorar y al mismo tiempo de empatizar.

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