Aplauso a los valores que no cotizan en bolsa


Carballo se puso en pie para aplaudir largamente una historia feliz para sus gentes. Un proyecto familiar nacido a orillas del río Anllóns que voló alto y lejos, pero sigue teniendo su nido junto a los árboles que dieron sombra a Alfredo Brañas en las primeras tardes de su vida. El Pazo da Cultura se llenó hasta la bandera para testimoniar la unanimidad con la que fue otorgada la Medalla de Ouro del Ayuntamiento a una marca que lleva en su símbolo el color azul del cielo gallego. Un pueblo se hace grande cuando sabe valorar y agradecer lo que los suyos hacen por él. El aliento imprescindible para luchar por las cosas buenas de este mundo. Así es que la capital de Bergantiños ha sabido estar a la altura de una circunstancia que no se repite todos los años. Fue un acto sencillo, pero grande al mismo tiempo y, sobre todo, emotivo. Cuando los gestos nacen de manantial sincero acaban llegando muy adentro. Calvo es una conservera que ha escalado hasta los primeros puestos de la enorme montaña de la clasificación mundial: primera en España, segunda de Europa y quinta en el mundo. No es necesario recordar los esfuerzos que se necesitan para forjar estas leyendas económicas. La complicidad de tantas gentes para alcanzar tamañas metas y un liderazgo exigente y generoso al mismo tiempo. Nació en un almacén de coloniales, pero fue medrando con la misma savia que alimenta el roble del escudo carballés. Un caudal de energía e ingenio que los años fueron traduciendo en los tres millones de latas que ahora lanza al mercado diariamente. Sin embargo, y aunque los números son abrumadores, la familia de conserveros de Carballo no se llevó la medalla por sus éxitos económicos. Con la pequeña pieza dorada que Evencio Ferrero puso en manos de José Luis Calvo el viernes a las ocho y media de la tarde en el Pazo da Cultura han valorado otros parámetros menos materialistas, esos que no aparecen reflejados en las cuentas de resultados. Ni, lamentablemente, cotizan en bolsa. En suma, lo que de verdad ha alimentado la unanimidad del vecindario y el Concello es la manera de lograrlos. El modo en cómo una familia de carballeses han sabido compartir con su pueblo sus éxitos en los mercados internacionales. La gigantesca compañía bergantiñana se ha convertido en el principal pilar económico de su municipio, y de otros puntos del mundo, pero también lo es en el aspecto social, cultural, deportivo y humano. Los sueños de muchos carballeses no serían posibles si no se alimentasen desde A Revolta. Ese sostén constante de iniciativas imprescindibles para la sociedad carballesa. Y ahí está el merecimiento para despertar en el consistorio una reglamentación dormida desde 1968 y recibir una medalla que entregó el alcalde, pero, seguramente, muchísimos carballeses estarían dispuestos a ponerse en su lugar para depositar en manos del veterano empresario una distinción que solo aspira a representar el alma de un pueblo agradecido. En Calvo se han preocupado de vender muchas y buenas conservas, y en muchos lugares y muy lejanos, pero también se han preocupado de velar por muchas necesidades de Carballo y su alma carballesa. La corporación ha sabido estar a la altura de la celebración de los 75 años de historia de la empresa más grande que ha parido la Costa da Morte. Los mandatarios locales también están para estas encomiendas, y en este caso han sabido cumplir. Fue un gran día. En realidad fue una jornada que se recordará durante mucho tiempo.

Entre las deficiencias y los límites razonables

Empezó el curso escolar. Como siempre, las Administraciones (consellería y concellos), a remolque. La limpieza del último día, los arreglos en la hora postrera, obras todavía pendientes, necesidades insatisfechas, lentitud en el acceso a Internet en varios centros y, sobre todo, quejas bastante generalizadas por la insuficiencia de especialistas en audición y lenguaje y pedagogía terapéutica y las plazas insuficientes en comedores escolares. Posiblemente en otras áreas no se produzcan estas carencias, con lo cual es fácil llegar a la conclusión de que la enseñanza en este tramo de litoral atlántico está al mismo nivel de esfuerzo por parte de los organismos públicos que en otros muchos ámbitos como suelen reflejar los siempre torticeros indicadores económicos, sociales y culturales. Lo que se traduce, pues, en el largo camino que queda por recorrer para igualarse con otros territorios gallegos. 

   En este inicio de curso habría que recordar que hay maestros que merecerían una estatua en su pueblo: verdaderos ejemplos de la entrega absoluta a un oficio tan noble como el de la enseñanza. Este año se han jubilado, con 68 años, Eduardo Noya y Manuel Canosa. Su ejemplo los hace únicos. Auténticos sacerdotes de la docencia, su dedicación ha estado más allá, incluso, de los límites razonables. 

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