Los héroes ahogados


Esta semana se cumplieron 150 años del trágico naufragio del buque acorazado británico Captain frente a las costas de Finisterre. Un total de 472 muertos y únicamente 18 supervivientes. Solo veinte años después de aquello, el 10 de noviembre de 1890, un segundo buque, el torpedero Serpent, se rompe allí mismo, contra las rocas de Punta Boi, junto al cabo Vilán. Los cuerpos quedarían en un «cementerio de los ingleses», en la costa de Camariñas, y en la puerta de entrada del jardín de San Carlos de A Coruña el comandante del vapor Lapwing colocaría una estela en recuerdo de los hombres del Serpent, que murieron en sus puestos.

Pero no todos los naufragios fueron tan heroicos. El del joven abuelo de Lord Byron, John, en las costas chilenas de la Tierra de Fuego, estuvo acompañado de grandes amotinamientos, en que los marineros, en lugar de buscar el medio de salvar la vida, lo que buscaban eran los barriles de ron con los que se emborrachaban antes de morir.

En el naufragio de La Medusa, tan conocido por la balsa del impresionante cuadro de Géricault, que se expone en el museo del Louvre, los náufragos acabaron comiéndose unos a otros. La historia, que cuentan dos de los supervivientes, fue magníficamente traducida hace ya algunos años por Juancho Martínez, ese excelente periodista que, como Joseph Thomson por las planicies africanas, recorrió infatigable las páginas de este periódico.

La estela del Lapwing acaba diciendo: Inglaterra espera que cada hombre cumpla con su deber. ¿Se imaginan?

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