Adriana Casal: «Trabajamos con mierda en las manos»

Lobos de mar | Las atadoras andan de puerto en puerto, cosiendo en el suelo y a la intemperie


carballo / la voz

El martes granizó en Camariñas. Sentadas en el suelo del muelle había media docena de mujeres, en trajes de agua y semicubiertas con parasoles. «El agua, hablando mal, me llegó hasta las bragas», recuerda Adriana Casal Rama, de la cosecha del 70. Malpicana, atadora, esposa, madre, hermana, prima y sobrina de marineros.

Ayer trabajó en Sada y no sabe dónde estará el lunes; «Donde nos llamen». Forma parte de un equipo de nueve artesanas, siete titulares y dos reservas, que se desplazan de puerto en puerto para reparar los aparejos de los cerqueros, porque rotos hay muchos, todos los días, pero manos para repararlos, muy pocas, y no hay manera de trasladar los gigantescos copos, que las esperan tirados en los muelles. «Allí hay de todo, lo mismo mean y cagan los perros que los gatos. Trabajamos con mierda en las manos. A veces lo peor no es el frío. Hay algunas que han sufrido hongos y otros problemas en los dedos», señala Adriana Casal.

A la intemperie, en verano y en invierno, hay que añadirle dolencias que las rederas quieren convertir en profesionales y la falta de atención de la Administración para conseguir que se les reduzca la edad de jubilación, que está por encima de los 65 años, como el de todo hijo de vecino, aunque no todo el mundo tiene que soportar la lluvia sobre la cabeza, el frío del cemento en el trasero, y el viento en la cara y todo ello es una postura muy poco natural, con movimientos muy repetitivos...

Y a pesar de la dureza de su trabajo, Adriana Casal no se queja más que lo necesario. De hecho está feliz por poder dedicarse a un oficio que se va perdiendo y que ella quiere contribuir a mantener. Ya no hay rederas en muchos puertos cerqueros como Camariñas y Sada... Apenas queda alguna en Cariño y por la parte de Cangas.

Mojaduras

Nadie le quita los continuos catarros por las mojaduras ni los dolores de espalda. Tampoco la bravura de quien se enfrenta a los elementos a diario ni las ganas de reivindicar derechos para un colectivo que ahora tiene horario, de 9.00 a 18.00 horas y cuya misión es completar el dinero que lleva a casa un marinero del cerco, que solo cobra cuando consiguen pescar y cuyo sueldo depende tanto de la Administración, por las cuotas, como del mercado, por el precio del pescado, y la voluntad del patrón, que es quien decide cuándo se sale a pescar.

Su aportación a la Seguridad Social como autónoma está subvencionada por la Unión Europea, puesto que ellas están consideradas como artesanas y la comunidad protege este tipo de oficios que se realizan a mano desnuda.

Como sus compañeras conoce cada una de las heridas de las redes que se desembarcan y es capaz de leer cada una de ellas. Sabe si pillaron atunes, si el copo iba demasiado cargado, si quedó pillada en la hélice, si se arrastró por el fondo o si se enganchó en una roca. Ella y sus socias suturaron cada una de las lesiones que provocan en las redes los lances de la pesca.

Invierno

Ahora les viene el invierno encima, ella sufrirá los rigores del tiempo, que ya está siendo muy duro aunque solo es octubre, pero, además tendrá que ver como merma la economía familiar por cada día de temporal que la tarrafa tendrá que quedarse en el puerto, por los bancos que se alejan de la costa y se hacen más esquivos o por ese 42 % de rebaja en la cuota de jurel con la que se sienten amenazados y que no compensa en absoluto el posible 20 % de aumento de xarda.

«Me da la risa cuando oigo las propuestas», dice. Los marineros le hablan de que hay «sardina tirada por todas partes» y mucha xarda y ella misma tiene claro que si pagas puedes pescar y pescar supone llevar dinero a casa. Su hijo se está sacando el título de patrón y hace tiempo que está trabajando. Empezó más tarde que su padre, que se enroló a los 16, como es tradición en la Costa da Morte. Su hija, también veinteañera, es la única de la familia cuya profesión no está vinculada al mar. Ella es peluquera y durante el paro del cerco se puso a trabajar los fines de semana para ayudar a sus padres a sobrellevar una sequía total de ingresos que había de durar durante toda la protesta.

«¿Vale la pena arriesgarse por una caja de jurel que vale cinco euros?»

«El verano se va capeando, pero ahora que viene el invierno vas con mucho riesgo al mar. Si zafas con buen tiempo todo va bastante bien, porque tienes para quedarte en casa cuando la cosa se pone dura. ¿Vale la pena arriesgarse por una caja de jurel que vale 5 euros?». Evidentemente, no. Adriana no se contesta, aunque su pregunta retórica solo tiene una respuesta posible. Por eso la satisface reparar las redes, porque sabe que ayuda a su hombre y al de sus compañeras, a sus parientes. «No pueden venir del mar y ponerse a arreglar los aparejos. No podrían hacerlo. Esa es nuestra labor y nuestra forma de contribuir», dice.

Ella, como el resto de sus compañeras, hizo un curso e incluso un examen. Son profesionales y el trabajo no les falta. Las llaman los patrones y acuden para que al día siguiente puedan volver a pescar. Si trabajan cobra, igual que su marido y que todos los marineros de Malpica y la mayoría de los de la flota artesanal.

En la localidad se estila a medidita, que sale del primer pescado que se vende y se reparte entre los hombres. La segunda tanda va en otro porcentaje entre los tripulantes y el barco. Pero si no hay pesca, no hay nada para nadie.

Sin paro

La peor temporada fue la de las movilizaciones del sector de cerco para reclamar mejoras a la Administración. El sector acampó casi tres meses frente a San Caetano y Adriana, junto a otras mujeres, también estuvo allí, haciendo piña con los hombres y compartiendo la falta de recursos. Su marido fue uno de los más perjudicados, porque cuando se desató el paro no llevaba todavía un año en el barco (la empresa), por lo que no pudo cobrar el paro. Hubo que echar mano de ahorros y de la familia para poder salir adelante. Lo hicieron.

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