Los bieiteiros siguen brotando en Londres


Hace diez años justos escribía sobre la masiva presencia de bieiteiros en determinadas calles de Londres, sobre todo las que llevan hacia el norte (pongamos que desde la zona de Euston o Camden). Un elemento que en esta época pasa inadvertido, pero que en mayo o junio llena de olores algunos lugares (como la mimosas en Niza, por ejemplo) y eso ayuda a mitigar la morriña de algunos emigrantes que la sufren a diario, sobre todo los primeros meses tras la llegada, y después de vez en cuando, como las crisis de amor.

Sigue habiendo bieiteros en Londres. abeneiros y bidueiros, y silvas que trepan por algunas paredes. Y sigue habiendo emigrantes de la Costa da Morte. Muchos. Nada que ver la explosión de finales de los sesenta y principios de los setenta, donde el choque cultural, lingüístico y laboral fue terrible para tantos. Salvando las distancias (sí, todas las distancias), más fuerte que las llegadas a América, con la ventaja de que aquí había billete de vuelta.

Así que esos árboles y arbustos acompañan a muchos vecinos en sus paseos diarios de casa al trabajo y viceversa, en una ciudad inmensa que se hace más pequeña gracias a sus casas de tamaño humano y a sus miles de árboles por todas partes, que ya nos gustaría aquí (sí, allí también hay montes y bosques en los alrededores, Londres aún no está rodeado de desierto). Sigue habiendo chavales hijos de emigrantes en el Cañada Blanch que proceden de Camariñas, Carballo, O Ézaro... Sigue habiendo negocios que van saliendo adelante gracias al empuje que no caracteriza. O enfermeros de Bergantiños y Soneira en varios hospitales, por citar otro caso. Es una emigración real y elevada, pero, acaso por mimetismo de la propia ciudad, más individualista. Hay gente que hace un trabajo extraordinario para mantener la cultura que queda atrás, pero son excepciones. Existen más entidades de este tipo en Delémont (Suiza), por ejemplo, que en el conjunto de la capital británica. No digamos ya en Ginebra, que en población está a años luz de Londres. El espíritu asociativo y colaborativo pudo más en Suiza que en Inglaterra. Incluso en Canarias o Madrid. La amistad, los apoyos de unos y otros en grupos pequeños pueden más que las entidades históricas. Por eso parece que hay menos de los que realmente son. A veces se aprecia, por ejemplo, en el vuelo diario de A Coruña, un ida y vuelta que recuerda al coche de línea. Incluso en transportistas que conectan uno y otro lugar, mar por medio. Es como una emigración de estar sin estar. Tal vez se les ha pegado el pragmatismo y la discreción británica. Por cierto, puestos a pegar, a ver si también se pega el tratamiento de los residuos o el uso de la bicicleta. Y sí, allí también llueve.

Por Santi Garrido CIUDADANA

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