Negocios que dejan profundas heridas

La creación de puestos de trabajo apenas compensa el daño irreparable de determinadas actividades

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carballo / la voz

Para construir la enorme planta de Prodemar en Vilán fue necesario mover 162.000 metros cúbicos de tierra y piedra y partir en dos el istmo camariñán, para garantizar una producción. La actividad económica de esta instalación que ocupa unos 80.000 metros cuadrados en una de las zonas costeras más hermosas de Galicia apenas se ha notado en Camariñas, donde el paro es muy elevado y desde su apertura en el 2004 buena parte de la población ha seguido emigrando.

La Xunta aportó casi 8 millones de euros a una iniciativa empresarial que no ha creado los puestos de trabajo prometidos, mientras que el grueso de la población vive de la pesca extractiva y del marisqueo, aunque no de los percebes, casi desaparecidos de su costa.

La de Prodemar es una de las heridas que la actividad económica ha dejado para siempre en la Costa da Morte. Un coste muy elevado para una rentabilidad social escasa. El gobierno local con el apoyo del BNG y algún edil del PP primaron la enorme planta a la propuesta de un empresario de Merexo que quería convertir la antigua salmonera en un criadero de pulpos.

Las instalaciones junto al mar son algunas de las que más impacto causan. Es tan destacado que la Xunta paralizó su propio plan para convertir miles de metros cuadrados de la costa en parques e impidió la ampliación de la planta de Vilán. En el estudio de impacto medioambiental, el Gobierno gallego apenas pidió medidas correctoras. Algunas de ellas tenían que ver con el respeto por el paisaje, una cuestión que se saltan la mayor parte de las cetáreas, a las que no se les ha exigido medidas estéticas.

Fisterra. La de Corbeiro, junto a la playa del mismo nombre en Fisterra, se hizo famosa hace unos años porque la Guardia Civil encontró allí cientos de kilos de centolla cuando estaba en veda. Al margen de este asunto, la construcción no guarda ningún respeto por el paisaje. Lo mismo ocurre con otra que está en Camariñas y que lleva abandonada años. Porque si la actividad provoca un fuerte impacto en el medio ambiente, la falta de ella aún es peor.

Es el caso de la inmensa mayoría de las explotaciones mineras y las canteras de la zona. Solo en Cerceda se acometió un plan para recuperar la zona una vez que se agotó el lignito pardo.

Cabana. En Nantón, el hueco también está cubierto de agua, aunque no se trata de ningún enclave con finalidades recreativas, como ocurre con Meirama. Tampoco en As Seixas, en Camariñas, donde se plantaron árboles en un intento de hacer más llevadero el daño hecho por la actividad humana.

Vimianzo. Mucho mayor es la afectación del entorno en el caso de Cavisa, la compañía que explota la mina de caolín en Vimianzo. Las pozas cubiertas de agua están consideradas un peligro tanto para caminantes despistados como para animales.

Monte Neme. La Costa da Morte ha sido zona minera desde el tiempo de los romanos, pero sin ser excesivamente rica, por lo que muchas de las empresas que explotaron los minerales acabaron marchándose dejando tras de si un reguero de lesiones todavía no curadas, como ocurrió con Baldayos S.A., en la marisca carballesa, o en el Monte Neme, explotada por el mismo empresario. En esa zona lindante con Malpica las cosas no han mejorado con el tiempo y la última compañía incluso dejó parte de su chatarra.

Quizá por la experiencia la mina de oro de Corcoesto provocó tanto rechazo en la comarca.

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