Lo que nos gusta engordar las cifras


La cuestión está de máxima actualidad estos días a cuenta del conflicto catalán. La típica guerra de cifras entre organizadores, instituciones, fuerzas de seguridad,... ha llegado a su máximo apogeo y saltan los disparates, que cifran las asistencias a las manifestaciones en muchos cientos de miles de personas, cuando no se lían directamente la manta a la cabeza y hablan del ansiado millón. Un número mágico que no se ha dado nunca, ni con el Papa, ni en el Orgullo Gay, ni con convocatorias de los independentistas, ni de los que abogan por la unidad inquebrantable de la nación española. Y además se sabe, porque hace ya muchos años que existen herramientas para contar asistentes de manera bastante certera, mediante fotografías cenitales y programas informáticos o incluso cálculos de ocupación por metro cuadrado, en los que, para que casen las cifras, se llega a adjudicarle cuatro personas a cada cuadrícula. Inténtelo en casa y seguramente le entrarán ganas de independizarse pero de su propia familia.

Pero no hace falta irse la Via Laietana o a la Castellana para asistir a la multiplicación de manifestantes, o lo que sea, al estilo de Jesucristo en los relatos bíblicos. Cada vez que hay una romería, una feria, acto social o deportivo en el que se dan cifras sin atender al riguroso paso por taquilla ocurre lo mismo aquí, en la Costa da Morte. Hay ejemplos significativos por recurrentes y suelen ser algunas de las convocatorias más masivas que se producen en la zona, con lo que no cabe duda de que asiste a ellas gente y mucha, con lo que cabría preguntarse a cuento de qué tiene más mérito que vayan 5.000 personas o 7.500. La Mostra do Encaixe de Camariñas o la romería de la Barca de Muxía, son algunos de estos casos en los que, pase lo que pase, siempre se da -ultimamente la gente ya empieza a cortarse un poco- un número de asistentes superior al del año anterior, por más que los datos no casen con las cifras medibles, como la de las taquillas, ni embutiéndolos con calzador. Aunque ni siquiera hace falta irse a acontecimientos tan señalados. Basta con llamar a cualquier directivo de un equipo de fútbol un domingo y, acto seguido, acercarse al campo para contar uno a uno los aficionados acomodados en las gradas. Enseguida se comprueba que As Eiroas, por poner un ejemplo que podría ser cualquier otro, no es una especie de sucursal de Riazor.

Es más, se produce un efecto contagio porque, de tanto escuchar y ver números que están claramente inflados, el organizador de turno entiende necesario dejar claro que en su acto había más gente que en el del vecino, con lo que la escalada de violencia numérica deja en niñería la crisis de los misiles del 62.

Por J. V. Lado Crónica Ciudadana

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