La noche camariñana revive náufragos

Dequenquen convierte las tragedias de Trece en una propuesta teatral diferente: contó con una asistencia más que razonable

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cee / la voz

Tragedia, mucha, pero también momentos para la esperanza, los sueños y la conexión entre seres humanos unidos por un vínculo común, muy superior a sus distancias geográficas o sociales. Eso fue lo que puso en escena, al abrigo de la noche y con el marco del Cemiterio dos Ingleses como tablas, Dequenquen en una nueva entrega de Noite de Naufraxios, que contó con una asistencia más que razonable para tratarse de una función de pago (7 euros) a las once de la noche y a ocho kilómetros del pueblo.

Dado el escenario la temática no hace falta aclararla, con lo que empezaron a desfilar en la piel de Alicia Baña, Andrea Romar, Paco Alvarellos y Bernardino Martínez, las desgracias, algunas dobles como a de George Chirgwin, único superviviente del Iris Hull, naufragado allí en Punta do Boi el 3 de noviembre de 1883, y que acabaría perdiendo la vida unos años después en la lancha del práctico, cuando se había enrolado de nuevo, esta vez en la compañía de salvamento de Penzance (Cornualles).

En ese contexto de traer difuntos a la vida, una de las escenas más emotivas, entre un juego de luces de linternas, la protagonizaron Carme y Alliston, ambas con víctimas de la familia en el mar, pero con tratamientos muy distintos al navegar uno en un acorazado británico y el otro en una gabarra. Aunque nunca llegaron a verse, «Carme e eu coñecémonos na memoria», como explicaba el personaje de Alliston para destacar eses vínculos.

La efímera resurrección, con flirteo amoroso incluido de una de las monjas del Trinacria y el hijo del tratante de animales del City of Agra -todos son barcos hundidos en la zona- fue de lo que más cautivó al público, junto con las historias con protagonismo local, como el diálogo con su hijo del buzo de Camelle que dejó siete huérfanos en el recate del balandro San Fernando.

También hubo tiempo para que apareciese, escopeta en mano y repartiendo maldiciones con muy malas pulgas, el cura de Xaviña, que enterró a los náufragos del Serpent y, como no podía ser de otra manera, la voz de Andrea Romar con la ya célebre canción de Ana Kiro puso el broche de oro.

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