«Si siempre andas con prisas, tendrás que volver a la comarca»

«(...) Siempre lo mismo, no había tiempo de estallar la panza, ni de danzar, ni de disfrazarse de vino y orujo, ni siquiera si uno se sentía conservador de charlas tras la comida o dejarse arrullar por los vientos de la banda. Había que volver rápido para contar aquella fiesta de la que tanto oía, pero se me escabapa la esencia (...)»


Era una pena que al tercer o cuarto plato me tuviera que marchar. Siempre me pasaba así, las cosas las conocía a medias y tenía que dejar que me las contaran para luego publicarlas en el periódico. El caso de la romería del Berro Seco, San Fins do Castro, era uno de los más sangrantes.

Llegué tarde, tras muchos kilómetros de enrevesadas carreteras, y me tuve que marchar temprano cuando solo había comido algo de pulpo y algo de empanada muy bien sentado en aquella frondosa arboleda de Cabana. Ni vi el berro ni por su puesto me quedé a la apoteosis del vino que ahora conozco mejor gracias a Youtube de lo que nunca pude conocer en persona allá por la década de los ochenta.

Siempre lo mismo, no había tiempo de estallar la panza, ni de danzar, ni de disfrazarse de vino y orujo, ni siquiera si uno se sentía conservador de charlas tras la comida o dejarse arrullar por los vientos de la banda. Había que volver rápido a Carballo para contar en el periódico aquella fiesta de la que tantas historias oía contar pero de la que creo se me escapaba la esencia.

Pero lo mismo sucedía si hablamos de la Feira das Cereixas de Paiosaco o la romería de la Virxe da Barca en Muxía. Siempre corriendo de un lado para otro y yo queriéndome quedar. Hasta una simple paella en Baldaio tenía que ser rápida sin tan siquiera tiempo para tomar café de pota. Y menos aún gotas, que había que trabajar.

Los festivos, en marcha

Algunos festivos que no tenía que trabajar optaba por recorrerme los cuatro puntos cardinales de la comarca y así de paso hacer algunos fotos. Conocía a muchos que siendo de aquí no habían sentido nunca la necesidad de salir del radio de treinta kilómetros alrededor de su casa. Y a mí, que era de fuera, me sucedía todo lo contrario. Pero siempre era poner los pies en el asfalto, hacer la foto y salir pitando.

Si alguien me venía a visitar aprovechaba para llevarles por los lugares más señalados, pero sin tiempo para detenernos mucho que había mucho que ver. No podía faltar una visita al Roncudo de Corme, al Monte Branco por el desvío de la carretera a Ponteceso, al castro de Borneiro, a la Pedra da Serpe, a las playas de Laxe.

Si había más tiempo al Museo do Alemán en Camelle, al faro de Camariñas o a la Pedra de Abalar de Muxía. Hubo un día de verano que pudimos mojarnos en la playa de Langosteira de Fisterra, comer unas navajas y ver el fin del mundo.

Tengo que reconocer que me tiraba más enseñar el mar (o ir a comer marisco a Malpica o Caión), que recorrer los lugares del interior. No es fácil si la visita viene de fuera tratar de transportar los productos que se venden en las ferias de Carballo, Agualada o Baio (por ejemplo, esos huevos coloreados con maíz, todavía sueño con ellos). O temía que me volviera a quedar atrancado con el coche bajando al infiernillo del molino de Coristanco o subiendo a Monte Neme o al Pico de Meda en Zas. Pero no es que me gustara menos el interior, de hecho cuando pude alquilar una casa de veraneo, lo hice en una parroquia interior de A Laracha.

Con reposo, a la espera

Así que fueron muchos años sin poder disfrutar de la comarca con reposo. Sin poder dedicar un fin de semana a bañarme en la playa de Balarés de Ponteceso o pararme a conocer Arou o visitar Lires. Así que cuando unos amigos me invitaron a pasar con ellos unos días en una casa alquilada de Carnota no me lo pensé dos veces. Ya sé que Carnota está en la frontera de la comarca, pero no me negarán ustedes que el sitio merece la pena.

«Así que la necesidad de conocer cada uno de los rincones de la zona sigue intacta»

Pensaba que me daría tiempo a pasmar en algunos de los sitios por los que siempre iba deprisa. Bueno, sí, pude pasear por Corcubión y dedicarme a hacer la compra en un crecido Cee. Tomar café en O Pindo y O Ézaro (sin perderme su mirador), subir al nuevo bar del faro de Fisterra, descubrir el embalse de Santa Uxía rodeado de esos paisajes que parecen de cuento de hadas de Dumbría, detenerme un rato en las torres de Martelo que siempre veía desde la ventanilla del coche, imaginar el pasado glorioso de Cereixo o de A Ponte do Porto o visitar a los compañeros de Carballo para tomarnos una cañita en sus nuevas terrazas.

Pero para poco más dan diez días. Había que disfrutar un poco de la playa de Boca do Río y darse una vuelta por el otro lado de la frontera. Sí, me refiero a Muros. Aunque yo a estos viajes al extranjero me resistía y prefería si acaso no moverme de Vilar de Parada y su aire cálido de atardecer de verano.

Así que la necesidad de conocer cada uno de los rincones de la zona sigue intacta y el deseo de quedarme un rato largo en un montón de ellos continúa creciendo.

Es una deuda sin pagar. No sé si me lo debo a mí mismo o a la comarca y sus habitantes de los que tantas historias conté porque me las contaban otros. Lo que no sé si saben es que cuando estaba todavía estudiando un día cerré los ojos delante de un mapa, lancé el dedo sobre él y dije, de mayor quiero ir a vivir a...

Y me salió la Costa da Morte.

DNI. Antonio García Jiménez. Nacido en Madrid en 1959, empezó en RNE y en 1983 entró en La Voz. Entre 1986 y finales de 1989 fue delegado de La Voz de Carballo. Durante más de dos decenios fue locutor en Telemadrid, la televisión autonómica madrileña.

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