Camariñas pagó el dolor de once hombres

Ayer se cumplieron 80 años de las muertes de los sindicalistas que intentaron defender la democracia republicana, el régimen que se habían dado los españoles en las urnas


En A Ponte do Porto funcionó durante la Segunda República una Sociedad de Oficios Varios (SOV), afecta a la UGT socialista, pero con influencia también de obreros anarcosindicalistas. Con las primeras noticias de la sublevación en África, las autoridades provinciales solicitaron a sus dirigentes que creasen un comité de defensa de la República y procediesen a la requisa de armas en poder de los individuos más derechistas, al tiempo de establecer un control de viajeros en las carreteras y desbaratar un posible desembarco en el litoral del general Sanjurjo, exiliado en Portugal.

El 18 de julio de 1936 se formó una manifestación que recorrió la parroquia, además de la de Cereixo, en una actitud, según uno de los asistentes, «levantisca, cantándose la Internacional, haciendo ir a las masas con los puños en alto y descubiertos, dando vivas al comunismo, a Rusia y a Largo Caballero», portando la bandera comunista y la de la Sociedad de Oficios. En las primeras horas del 19 la comisión procedió a la requisa de armas, municiones, explosivos y automóviles, al quedar incomunicada la localidad por la huelga de la empresa Transportes Guillén (Cee), así como a recaudar fondos y requisar alimentos, entregando a cambio unos vales firmados por Rogelio Mazaeda, para ser resarcidos cuando las cosas se normalizasen.

Hubo sindicalistas que amenazaron a los que se negaban a ser requisados y también intentaron controlar a unos sacerdotes derechistas y politizados, prohibiéndoles celebrar oficios los días festivos, requisándoles sus armas y aparatos de radio para evitar iniciativas a favor de la sublevación, actuación que provocó enfrentamiento con el párroco de Xaviña, además de proceder a la requisa de la rectoral de A Ponte en la que fue izada la bandera comunista y expulsado al párroco. Constante Campa, Rogelio Mazaeda, Andrés Balsas, Manuel Carracedo y Gumersindo Lema viajaron a Cee para negociar con los obreros de aquella villa a fin de que autorizasen el funcionamiento de los autobuses de Guillén. No obstante, ante la situación política y militar en A Coruña y la concentración de la Guardia Civil en el cuartel de Cee, los obreros regresaron a A Ponte, explotando algunos petardos que no causaron daños físicos pero sí materiales, y alarma. A partir del 22, Rogelio ordenó la recluta de hombres y en cuatro turismos y una camioneta se trasladaron a Vimianzo con la intención de acudir a Zas y enfrentarse a los falangistas de aquella localidad y seguir a A Coruña para apoyar al gobernador civil. En Vimianzo se concentró un gran contingente de A Ponte, Camelle, Carantoña..., y ante el peligro de algún incidente, el secretario municipal propuso izar una bandera en las Torres de Martelo y levantar acta de ocupación, trámite más del expediente de expropiación instruido por el Ayuntamiento con el fin de desviar las intenciones de enfrentarse a los falangistas de Zas. Con los ánimos apaciguados repartieron un trozo de pan a cada uno, regresando a sus residencias, temiendo que por su actividad en defensa de la democracia y la República resultasen represaliados.

Caídos

Los más significados en las requisas iniciaron preparativos para escapar del infierno que les esperaba. El 24 de julio se reunió un grupo en un paraje próximo a la vivienda de Manuel Mouzo, y una parte se dirigió a Camariñas para embarcar en una lancha, alcanzar las costas portuguesas y huir a Sudamérica. Otros se quedaron en tierra, caso de Manuel Mouzo Mouzo, Pichón y Gumersindo Lema, O Tareixo, aunque obligados a huir y ocultarse meses en el monte. Los que embarcaron tampoco tuvieron suerte: la poca entidad del barco y el mal estado de la mar les hizo retornar.

El 25 de julio, el municipio de Camariñas fue «pacificado» por la Guardia Civil al mando del capitán Roger Oliete, cazando poco a poco a la mayoría de los sindicalistas. Uno de los que cayó fue el vecino de Camariñas Faustino Dios Vidal, marinero de 45 años fusilado en Ferrol el 15 de septiembre de 1936. Otro, Jacinto Campaña, encargado sindical en Camariñas, huyó por mar a Gijón en una lancha cuando Asturias ya estaba ocupada por los franquistas. Allí fue fusilado. José Campa Santos y Antonio Santos Castañiñas desaparecieron y nunca más se supo. El viajante de comercio Ramón Carballo Tajes -31 años y soltero-, junto con Andrés Celestino Balsas Bello y Manuel Carracedo Balsas, lograron huir por mar a Portugal pero fueron detenidos por la policía y entregados por la PIDE en Tui a los franquistas. Andrés Celestino, de 24 años, soltero y secretario de la SOV y Manuel Carracedo, de 23, directivo también del Sindicato, fueron «paseados» en Sestás, en las inmediaciones del cementerio de A Garda el 23 de septiembre de 1936, en tanto que Ramón Carballo, que desconfió de su suerte, logró salvarse al intentar suicidarse cortándose las venas. Una vez restablecido, en consejo de guerra celebrado el 23 de febrero de 1937 en A Coruña fue condenado a muerte. Ventura Andújar Méndez, Manuel Mouzo Mouzo, Pacífico Constante Campa Santos y Gumersindo Lema, a cadena perpetua y más tarde, en junio fueron trasladados al penal de San Cristóbal, en Pamplona.

Problemas

A las 07.00 del 15 de marzo de 1937 se cumplió la sentencia dictada contra Ramón Carballo. También la del secretario municipal de Vimianzo, Andrés García Ferreiro. Por otra parte, Juan Fernández Moreira, de 37 años, escribiente en el cuartel de la Policía de Asalto en Gijón, natural de Camariñas, fue fusilado el 9 de noviembre de 1937 junto a las tapias del cementerio de Ceares. Y Pacífico Campa Santos Constante de Correa -nacido el 15 de abril de 1911, soltero y molinero- fue acribillado por la fuerza pública el 22 de mayo de 1938 en una fuga colectiva en el penal de San Cristóbal. Por último, Adolfo Antonio Grela, de 24 años, soltero, jornalero y soldado, destinado en el Regimiento Simancas, en Gijón, fue fusilado el 28 de julio de 1938. Después, cuando los sindicalistas condenados a penas de cárcel quedaron libres, sufrieron problemas para trabajar en su pueblo. Gumersindo sufrió aislamiento vecinal y falleció tras una paliza en el cuartel de la Guardia Civil, acusado de robar una vaca.

Lo dicho para los obreros de Cee nos sirve también para los de A Ponte do Porto y Camariñas: no les mataron por ser criminales, ni terroristas, ni desalmados o traidores, ni por rebelarse contra el Estado... Se les asesinó por intentar defender la democracia republicana, el régimen que se habían dado los españoles en las urnas, y por ayudar también a que fracasase un golpe de Estado que no habían iniciado los sindicalistas, sino los militares sublevados.

Ahora que pasaron 80 años de los terribles sucesos, sin que hasta la fecha se hubiese tributado un reconocimiento, cavilo en el sufrimiento de sus familiares, esposas e hijos, solos, en su inmenso dolor y miseria a la que fueron empujados, mirados por muchos de sus vecinos como «familiares de roxos».

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