Ahogados por la crisis de las sulfatadoras


Era lo que le faltaba a nuestro rural. A las diez plagas (leche regalada, abandono, incendios, contaminación, envejecimiento, subida del IBI, carencia de planificación, descapitalización, falta de diversificación de cultivos y emigración) hay que añadir la crisis de las sulfatadoras: el envenenamiento masivo del ambiente ya enrarecido en aldeas y alrededores. ¿Y por qué? Tal vez porque seamos así. No hay una razón clara para explicar por qué las normativas comunitarias se enfangan en nuestro rural como un tractor nuevo del trinque en cualquier braña que se precie. Hechos: la nueva reglamentación exige carné de manipulador de herbicidas para que el que manipule estos productos tenga los conocimientos necesarios para hacer uso de ellos. Es más, la filosofía de Bruselas persigue que los profesionales del campo piensen en cómo echar mano de otras técnicas y hacer cada vez menos uso de estos compuestos químicos. Como si nada. Con lo que no contaban es con los jubilados que cultivan un par de ferrados de patatas, lechugas, judías o tomates para consumo propio y para la familia y allegados urbanizados. Ni que iba a surgir la picaresca con academias que emiten certificaciones con todas las bendiciones por cursos en Internet a gente ni tiene ordenador y ni se le espera. Claro que a todo esto hay que añadir que los que llenaban la sulfatadora con las dosis a ojo, o doblada (para que mate lo que haya que matar), van a tener complicado resolver las reglas de tres a las que le obliga la nueva normativa. Y a todo esto, en los almacenes se alarman y ponen el grito en el cielo porque la gente ha bajado de forma preocupante la demanda de fitosanitarios. Así que el problema parece el carné, pero el carné en realidad no es el problema. La cuestión es que los productos químicos sean utilizados de forma correcta y con conocimiento de causa y de sus efectos en humanos y naturaleza. Y ahí el título no garantiza nada porque algunos lo están obteniendo o se lo están concediendo de forma torticera. No se cumple el espíritu de la norma ni se hace nada para que se cumpla. Una labor de años que quieren arreglar en meses. A los concellos también les va en ello lo suyo, no solo para contentar a sus vecinos y hacer los medios a la carrera para que puedan lucir el carné en la cartera y seguir sulfatando a esgalla. Es complicado, pero como decía Cicerón, «cuanto mayor es la dificultad, mayor es la gloria».

Aldea Madeira. El complejo de turismo de la naturaleza armado por el Concello de Camariñas era un bonito sueño que ni siquiera llegó a ver la luz porque la instalación eléctrica se la tragó un asfaltado cualquiera. Es el típico proyecto hoguera, un lugar para quemar el dinero alegremente. Hay otros muchos en la Costa da Morte, entre ellos los que han tirado a Neria al pozo. Estas situaciones se evitarían si cuando los concellos asumen este tipo de iniciativas existiese un plan concreto o una demanda clara y no gastar los cuartos al tuntún y a lo que depare el azar en el futuro. El sueño de Aldea Madeira acabó en pesadilla, y no solo por falta de utilidad clara, sino también porque es pasto de vándalos y cacos, hasta el punto de que lo han desvalijado. Han extraído, con daños incluidos, muchos de los excelentes materiales con que fue levantado. Lo único bueno que se ha sacado de ahí, de momento, es la formación de los aprendices que participaron en su construcción, pero tanta inversión merece que aquel sueño se haga realidad para evitar que se lo traguen la maleza y los ladrones.

El futuro es ciego

En estos tiempos de deriva política, con nave sin rumbo fijo, no todo son sinsabores en la Costa da Morte. Aunque haya que seguir sufriendo la crisis de los plaguicidas durante un tiempo y Aldea Madeira siga criando tojos, hay hechos de los que alegrarse. De momento, deberíamos contentarnos con cosas como que la Coral de Bergantiños sigue su curso al alcance de las bodas de oro. O que Carballo será sede de un campeonato de España de hockey sobre patines que hasta ahora solo se había celebrado en Cataluña. Y qué dicen de que un empresario de Paiosaco se ha encargado de los perfiles de aluminio del aeropuerto de Nouakchott (Mauritania), muestra de que la emigración (en este caso industrial) tiene su lado bueno. O que el Xallas y otros ríos de la zona acogerán un campeonato del mundo de pesca. Es el viento que empuja hacia la esperanza, como la de los vecinos de Outeiro en que les hagan un paso sobre la autovía para ir a sus fincas. Aunque en este caso se ve que el rural tiene la tensión tan baja que ni las protestas son lo que eran, como cuando los de Lobelos lograron hacerle torcer el brazo a un Cuiña aún vigoroso, que hubo de ventilarse los caminos de servicio de la nueva AC-552. ¡Eran una novedad y qué bien venían ahora! Las leiras, que iban todas para solares, quedaron a tojos. El futuro es ciego.

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