Moliendo café


Si presta atención, si afina el oído, tal vez pueda percibir en el interior del establecimiento el resoplido del vapor hilando encaje de Camariñas en una jarra de leche. Y si por un momento abandona su mesa al aire libre y se asoma a la puerta que esconde la neblina apelmazada por mil horas de tabaco y palabras, notará la respiración densa que exhala el murmullo del mármol del mostrador en el que rebotan las conversaciones de docenas de almas encadenadas al aroma del café recién molido.

Aquel universo de abandonos y encuentros, de silencios y alaridos, giraba en torno a un cafetal invisible que enraizaba en el techo una vida ultramarina conquistada a sangre y fuego en los mundos hallados más allá de la aventura. Hasta no hacía muchos años, todas las guerras, todos los tratados de paz, todas las pestes y todas las bondades habían tenido lugar alrededor del vino, bajo la sombra protectora de las parras centenarias que acariciaban con su pañuelo verde la piel irritada de la humanidad hasta calmarla. Pero cuando los hombres gigantes de Abisinia y Etiopía trazaron la ruta de sur a norte arribando a nuestros puertos a través de Egipto y, mucho antes de que la locura de Las Indias abarrotara las bodegas de nuestros barcos con oro, plata y diamantes, descargaron de sus hombros de azabache en los muelles cercanos las primeras sacas de café, el eje de cuarzo que sostiene la ingravidez del planeta sufrió un vahído y decayó un par de grados obnubilado por el aliento cósmico de aquel milagro tostado que asomaba sus millones de caras morenas apretujadas en los ventanucos de arpillera apilados en los malecones de nuestras ciudades.

Todo cambió cuando aquel perfume moreno se extendió sobre las flores, agitó las chimeneas y descendió a las aceras. Los seres humanos se volvieron más razonables y la estúpida locuacidad que a manos llenas regalaba el vino, transformó la conversación en mesura y la terquedad en tolerancia y equilibrio.

Hubo un tiempo en el que el rito que precedía a la infusión, aquel humo perfumado que coronaba nuestras sienes como si fuéramos héroes, actuaba como un sedante invisible que trepanaba el cofre donde guardan su maquinaria de vidrio los sentidos y, mientras el aroma incandescente del café penetraba su interior inexplorado, se rendían las armas y las voluntades sin necesidad de imponer condición alguna. Llegado el momento de catar el elixir, envuelto el rostro en su humareda, ya se habían adelantado los besos y el amor incondicional había rendido sus últimas banderas.

Todos estos sucesos inexplicables no fueron recogidos por los sabios porque ya en aquellos días habían perdido la fe en los milagros así que, mientras a la puerta de las casas llegaba el aroma aún virgen de los cafetales, la humanidad desconocía la maravilla de soñar despierto.

Fíjese en esos papeles que a docenas afean la acera. Puede que no tengan importancia alguna para usted. Sin embargo otro puede presentir en ellos un ramo de besos de azúcar abandonado a causa de un desengaño amoroso. Soñar despierto. Hoy, descubierta esta virtud que el café produce, las autoridades lo han despojado de su alma y nos venden un híbrido, un artificio que nos mantiene dormidos mientras toman por asalto nuestras vidas.

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