Noelia Lata: «Me quedé tres días atrapada en casa por la nieve y nadie me creía»

PERSONAS CON HISTORIA | Esta coruñesa abandonó la ciudad y el trabajo de teleoperadora por el mundo rural en Montemaior, A Laracha. Es propietaria de una huerta ecológica


Carballo / La Voz

Noelia Lata Alonso es ejemplo, a sus 47 años, de que todavía queda gente que valora y apuesta por el mundo rural. Y más en su caso, que abandonó su ciudad natal de A Coruña para instalarse en la zona alta de Montemaior, en A Laracha. Concretamente, en el lugar de A Pena, muy pegado a A Silva, parroquia de Cerceda. Esto tuvo como consecuencia que cambiara de trabajo: «Comencé teniendo un huerto pequeño en casa para consumo propio, porque siempre fue algo que quise hacer, y me enganchó tanto que, desde aquella, nunca más lo dejé. Cambié para un invernadero más amplio, luego para otro más grande, y así hasta en tres ocasiones. Ahora tengo uno de 700 u 800 metros cuadrados y una plantación exterior de 2.000», cuenta.

Es la propietaria de una huerta ecológica. Fue la primera del municipio larachés (y sigue siéndolo) en recibir la certificación del Craega (Consello Regulador da Agricultura Ecolóxica de Galicia) que acredita su explotación como tal. Forma parte de la cooperativa Xebre, integrada por seis productores de la Costa da Morte. Tienen un puesto en la Plaza de Lugo, en A Coruña, en la que venden sus alimentos de forma directa, y también hacen reparto a comedores de colegios y de Inditex, restaurantes y tiendas ecológicas. Cada día de la semana, se turnan en estas labores.

Noelia es bióloga. Sacó el título en la Universidad de la ciudad herculina y llegó a desempeñar el trabajo para el cual se formó. No obstante, solo por períodos de año y medio como mucho: «Por aquellos tiempos, las oposiciones todavía eran a nivel estatal. Te podían destinar a cualquier sitio del país y yo no quería. Entonces, busqué un trabajo estable, y lo encontré en A Coruña, en Fenosa, como teleoperadora de averías de la red», explica.

El motivo por el que su vida dio un giro de 180 grados fue el momento de plantearse comprar una vivienda: «Mi marido y yo comenzamos a mirar pisos en A Coruña, pero las cantidades que pedían por ellos eran una barbaridad y tampoco encontrábamos nada que nos gustara. Entonces, como el padre de Javier [Martínez], que era de Montemaior, tenía una casa de piedra abandonada, vimos que nos compensaba más restaurarla. Pedimos una ayuda de rehabilitación rural y nos pusimos a ello», comenta. Una vez lista, se instalaron en A Laracha. A partir de ese momento, comenzó la «aventura» y la «mejor decisión» de su vida, asegura.

«Nuestros amigos nos decían ‘estáis locos’, por el hecho de abandonar la ciudad, donde teníamos todo, y venir para aquí, donde estábamos apartados, porque en nuestra zona, antes de llegar nosotros, había solo una casa habitada. Ahora somos varias familias, incluso una que estaba en Alemania y se vino para aquí, y hay ocho niños. Nuestra hija Noa fue la primera de todos ellos en nacer», relata Noelia.

Fue precisamente con el nacimiento de su hija y la reducción del horario laboral cuando comenzó a dedicarse al huerto profesionalmente. Al principio, compaginó ambos trabajos, pero pronto empezó a hacérsele demasiado: «Eran 45 minutos de camino en coche para ir a A Coruña, pues todavía ni existía la carretera nueva ni había las pertinentes señales de tráfico, y otros tantos para regresar a casa», explica. En este sentido, cuenta una peripecia muy curiosa: «Un invierno me quedé tres días atrapada en casa por la nieve y nadie me creía. En el trabajo flipaban y yo trataba de explicarles que las dos salidas que tenía, tanto con una cuesta como con curvas, eran imposibles de hacer con el coche».

Hoy en día, dedicándose exclusivamente a la producción agrícola, asegura que tampoco le llegan a nada las horas del día: «Le dedico más tiempo que una jornada laboral. Lo que pasa es que como me gusta tanto, tampoco las cuento. Es como un hobby. Soy mi propia jefa y si un día me apetece librar, pues me lo cojo, aunque después tenga que recuperarlo sí o sí por la cantidad de trabajo». Este verano, dice que está siendo «complicado»: «La climatología está siendo rara y nos haría falta más terreno [se refiere a la cooperativa] para responder a la alta demanda de tomates, pues el que tenemos no nos está dando los necesarios».

El hecho de tener una cría, y pese a toda su familia vivir en Sada, afirma que el rural nunca le dificultó más su día a día en este sentido, salvo en un aspecto: «Tuve que pelear mucho para que nos pusieran una parada del autobús escolar en el pueblo. Ahora la recogen y la traen y es una gozada. Además, la niña tiene ya once años y me permite más flexibilidad». Su marido trabaja en Carballo.

La reflexión

Noelia ya lleva un tiempo instalada en Montemaior y dice no arrepentirse «para nada» de la decisión de venirse al rural. Y eso que es algo que nunca en la vida se planteara. «No echo de menos la ciudad», expresa. Según ella, este mundo ofrece un sinfín de posibilidades: «Cuando escucho a personas que viven en pueblos del alrededor decir que están en el paro y que no hay trabajo, no lo entiendo. A mí se me pasan un montón de ideas cada día por la cabeza. Hay un montón de tierras abandonadas que cualquier vecino te cedería y muchas cosas nuevas que se pueden hacer como explotaciones de arándanos y la cría de engorde de pollos ecológicos». Es por ello que anima a la gente a «venirse al rural»: «Hasta los niños aprenden más valores», asegura. «Yo no lo cambio por nada. No sé cómo no lo hace más gente. Me parece increíble», sentencia.

Noelia tiene, también, animales, como gallinas, aunque para consumo mayoritariamente propio. En su día tuvo un burro.

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