Casi once horas fuera de casa


De las 24 horas que tiene un día, un niño de seis años, puede pasarse 11 en el colegio. Si entra en los programa Concilia o Madrugadores que tienen en Carballo o A Laracha, llega al centro a las 7 de la mañana, cuando en la Costa da Morte casi no han puesto ni las calles. No hay ni panaderías abiertas. Después va a clase, al comedor, al patio, a la biblioteca y a las seis sale del colegio para ir a la piscina. En el mejor de los casos, alguno de sus padres se lo llevan a casa tras una jornada tan intensiva que cualquier empleado mayor de edad y hecho y derecho ya se habría planteado presentar una denuncia a Inspección de Trabajo. Seguro que no hay muchos niños que tienen ocupadas y fuera de casa 11 horas con todos sus minutos, pero también es verdad que muchos cumplen con las reglamentarias 40 horas semanales, de lunes a viernes.

Bien está que los padres puedan conciliar la vida familiar y la laboral, pero hay que preguntarse si realmente hay vida tras jornadas tan largas.

Curiosamente, la Administración se ha estado preocupando en los últimos años de ofrecer soluciones a las familias no para que puedan estar juntas, sino para que los progenitores trabajen con la tranquilidad de saber que su retoño está cuidado por la Xunta o el Concello, según en que casos. Sorprende que el esfuerzo no se haya centrado en reducir las jornadas laborales, aumentar la productividad y conseguir que padres e hijos estén juntos. En el norte de Europa es un asunto muy estudiado por lo que tampoco sería necesario ponerse a inventar nada.

Los niños, como casi todo el mundo sabe, son un material frágil que hay que manejar con mucho cuidado. En los institutos y en la Universidad se quejan de que el alumnado llega cada vez peor preparado. El caso es que ahora tenemos más medios, pero peores resultados y te encuentras con que la cultura general ha desaparecido, la ortografía y la gramática van de mal en peor, la historia es una desconocida, la geografía no aparece por ningún lado y el sentido común parece haberse esfumado.

¿Será por el tiempo que los niños pasan de más en el colegio, a pesar de que cada vez hay más jornada únicas? ¿Piensan en eso los profesores? ¿Se dan cuenta de que se puede hacer la selectividad haciendo garrafales faltas de ortografía o no teniendo la más mínima idea de lo que es un dolmen?

Quizá las horas en el centro educativo cambien las cosas, quizá los docentes aprovechen todo este tiempo para enseñar a razonar, a tener un criterio propio, a escuchar a los demás y a intentar comprender su punto de vista sin olvidarse del propio. Si la cuestión son las horas, estamos en el mejor momento. ¿O no?

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