Los pañuelos blancos de la fe


Como ya tengo una edad y, al igual que a tantos, me ha tocado pasar por muchas romerías durante toda la vida, puedo decir convencido casi del todo de que nunca he visto tantos pañuelos juntos al lado de una fuente como el domingo en Caión.

Echo la memoria atrás y me vienen infinidad de visitas a la Eirita de Anos, alguna a Trasufre, varias a San Andrés de Teixido, una o dos a Vilamaior, más de veinte a San Fins, y algunas por ahí de menor fama, pero también relevantes. A Caión, menos, dos o tres veces en los últimos años. Pero con este bagaje, que da para sacarse la ESO de romerías comarcales (nada que ver con los niveles universitarios de los muy mayores que jamás se pierden una), considero que la cola que había a pocos metros del santuario de Os Milagres es de las épicas. No era cuestión de ponerse a medir con una cinta, ni de contar los metros a pasos, allí al lado de todos. Era solo fijarse en la larga línea blanca de pañuelos, textiles o de papel, de buena calidad o normalitos, unos encima de otros, extendidos o arrugados... En todos los casos, mojados previamente, como manda la tradición, y frotada la piel en el lugar del cuerpo para el que se pide mejora. Una práctica que ya nos es rutinaria, por haberla practicado varias veces activa o pasivamente, pero que con los ojos de estos tiempos que parece que nos alejan del pasado, sigue constituyendo una sorpresa. Hace 25, no sé, 30 años, pensaba que con el devenir desaparecerían esas maneras de enlazar con nuestros ancestros (seguramente aguas con características óptimas para la piel o algunas dolencias, por sus componentes) y desde luego con la fe. Me equivocaba absolutamente. En las sucesivas contemplaciones del domingo, en diferentes momentos, las colas para llegar al caño eran impresionantes. De jóvenes y mayores, de veteranos y algunos inexpertos que preguntaban cómo iba aquello.

Lo más curioso (más aún) es que estas prácticas no se reducen solo a los días de fiesta, sino que son incesantes, aunque en mucha menor cuantía, durante todo el año. O Espiño da Eirita es un buen ejemplo para quien quiera comprobarlo. No solo pañuelos: también monedas en el agua.

Con independencia de las creencias de cada uno, el hecho de continuar estos rituales nos une también a lo que fuimos. En esa misma fuente, la que sea, nuestros bisabuelos, y a su vez los de ellos, ya mojaron las manos y los labios, ya humedecieron la cara o la frente. Alguna verruga, tal vez un herpes, una psoriasis o un eccema. O se curaron en salud, nunca mejor dicho. Ya solo por mantener las costumbres vale la pena hacer una cola.

Aunque, puestos a debatir, ¿qué se hace después con todos esos pañuelos?

Autor Santi Garrido CIUDADANA

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