carballo / la voz

La celebraciones religiosas más poderosas se miden a menudo por el número de pasos. Los de Semana Santa, especialmente, con las representaciones divinas portadas por los devotos a ritmo lento. Os Milagres de Caión podría entrar en esa categoría, pero en otra especialidad: es la romería de los millones de pasos que, de todas partes, llegan al santuario en señal de una fe y devoción que no decae con el paso de los siglos. Y eso que podría hacerlo, porque, como los fieles saben, las jornadas religiosas son principalmente tres: la subida de la Virgen, el día grande (el 8) y la bajada, razones suficientes para diversificar la asistencia. Teniendo en cuenta además que la segunda semana de septiembre concentra potentes celebraciones por media Galicia, no lejos del nivel del 15 de agosto. Es como la gran traca final de la religión y la fiesta, la despedida ancestral del verano aunque aún queden algunas citas importantes hasta final de mes.

Así que por unas razones o por otras, la participación podría ir a menos, pero no. Basta con pararse frente a la cabecera de la procesión de bajada durante veinte minutos para impresionarse con un imparable flujo de gente que, por supuesto, tampoco paró hasta llegar a la plaza, al lado de la iglesia parroquial, donde empieza y termina el ciclo. Pero basta también con llegar unas horas antes a la localidad larachesa y darse algunas vueltas por carreteras e incluso caminos de los alrededores, sobre todo desde Arteixo y Carballo: mareas incesantes de caminantes, algunos con la idea de llegar a tiempo a la misa de las 12, o a las anteriores, y otros solo con la idea de llegar, como ya ha ocurrido por miles en la última semana. Grupos, solitarios, jóvenes y mayores. Ataviados en su mayoría con chalecos verdes para ser vistos, una marea color esperanza que más o menos simboliza lo que muchos van a buscar al santuario, o a cumplir: una petición, una promesa, un anhelo en todo caso. También en esto Caión ha resistido bien. Si hay romerías históricas que han inclinado mucho su peso hacia lo lúdico, en esta el tiempo se mantiene razonablemente parado en la esencia y la tradición. No todos, claro, pero se ve en muchas caras (o en pies descalzos) que hay algo más que una visita social. Ayer, además, hasta el otro tiempo, el meteorológico, se paró en la temperatura justa, con algo de viento para ayudar a llevar mejor el mediodía. Los exvotos de cera, a un euro algunos, no se derretirían por el calor. Y arriba, durante la misa, los dos majestuosos y centenarios eucaliptos ayudan desde siempre con su sombra a llevar más a gusto el oficio. Incluso la vista, si uno quiere mirar al océano, sin duda inspirador en su momento para la elección del lugar. Y la fuente. También había largas colas, incluso cuando todos bajaban ya, para mojar el pañuelo y dejarlo a un lado (la hilera parecía casi la espuma del mar) o para llenar un botella. También era una manera de peregrinar, más descansada. Aunque cada uno sabe la suya. De hecho, no contentos con llegar, no son pocos los que vuelven a casa a pie. O en bicicleta, que cada vez se ven más. ¡O corriendo! (Sí, los hay, pero ayer se contaban con los dedos de una mano). Tal es la multitud en Caión que hay de todo y para todo, millones y millones de pasos (y colas de coches) de devotos de media provincia.

Ayer también hubo mucho verde esperanza (por el color identificativo de sus camisetas) de la monumental comida (más de 800 personas) organizada por las juntas locales contra el cáncer de A Laracha y Arteixo. Fue un éxito también organizativo, que Maica Pose, de la junta local, agradece especialmente al Concello larachés. No era sencillo habilitar una carpa tan grande y espacios de aparcamiento. También participaron representantes de juntas de Laxe, Carballo, Coristanco o Cesullas.

Las juntas contra

el cáncer de Arteixo y A Laracha reunieron a más

de 800 personas

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Todos los caminos van a Os Milagres