Lo ecos de aquellos días del Prestige


Volver a ver la fotos del Prestige, quince años justos después, es como recibir un latigazo en la memoria. Y en los sentidos. Fueron días de tantísimas emociones, reacciones y noticias que todo se acumulaba y se olvidaba de inmediato, porque al día siguiente había lo mismo y más. Lo extraordinario era ordinario. Si hoy viene de visita el presidente de una comunidad autónoma es un acontecimiento, entonces era rutina. Tal día como el pasado domingo, un 19, Rajoy estuvo por primera vez en A Laracha, y lo haría unas cuantas más, lo mismo que Zapatero. No digo que fuese también rutinario, pero casi. Diputados, eurodiputados, cargos internacionales. El rey. Maquinaria constantemente para aquí y para allá, helicópteros militares para retirar sacos de chapapote, apertura de pistas en los acantilados, contables mareas negras e incontables blancas. Una ola de ayuda insólita desde toda España. Dinero, camiones con naranjas, con vino, con galletas.... Todo lo que se cuente es poco. Pero está bien contarlo, que no se olviden algunas cosas. Compañeros como Eduardo Eiroa o Casal se hacían cada día, durante meses, decenas de kilómetros para ver lo que pasaba, y contarlo, contarlo todo. Con los años, cuando llegan los aniversarios, a veces ocurren cosas tan llamativas como que algunos (solo algunos) que apenas olieron el petróleo pretendan relatar ahora lo que ocurrió. Nada nuevo, siempre hallarán ecos. Bien es verdad que cuando lo ves te alegran la tarde.

Están los recuerdos generales, y también los personales, que van ligados necesariamente. El día 21 de noviembre, Fraga llegaba al fin a la zona y daba una rueda de prensa en Caión. Tenía al lado una periodista procedente de China, tal era la dimensión que estaba tomando aquella historia. Unos días antes, el 17, hablaba con un señor muy agradable en la naviera griega que resumía la situación: «No problem, no problem», decía. Vaya si hubo problem.

Empezaron a aparecer aves petroleadas. Los primeros días generaban expectación, temor y pena. Recuerdo a un chico de Corme, Juan, quien (no sé si el 21 o el 22) recogió una con sus manos y se la llevó para cuidarla. A saber por dónde andarán. O un trayecto en lancha con el alcalde de Cee, Antonio Domínguez, patroneada por Juan de Brens, junto a las barreras para que no entrara el fuel. Llegaban periodistas bretones y nos explicaban qué había pasado con el Erika. Los científicos daban sus versiones, sus proyecciones. Tiras de un recuerdo y aparecen cinco más, grandes y pequeños. Los actos por toda España, de solidaridad sobre todo. Un lunes pasé por cuatro: Universidad de Alcalá de Henares, Fuenlabrada y dos en la Sierra. Tremendo, aquello.

Por Santi Garrido CIUDADANA

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