Caión, entre la tradición y la utilidad

Las costumbres también cambian en la celebración de Os Milagres

Los fieles se congregaron en torno a la imagen de la Virxe dos Milagres cuando fue sacada en procesión.
Los fieles se congregaron en torno a la imagen de la Virxe dos Milagres cuando fue sacada en procesión.

Tradición y devoción sí, pero sin olvidarse de los aspectos prácticos. Bien podría ser esta la máxima cada vez más extendida entre los fieles, curiosos y comerciantes que cada 8 de septiembre acuden al santuario situado a las afueras de Caión para participar en la Romaría dos Milagres. Ayer no fue una excepción. Lo demostró el hecho de que, como viene sucediendo desde hace ya unos años, fueran más los que acudieron a las misas celebradas a media mañana que los que optaron por la celebración solemne de las 13 horas.

Tal como ocurre con los veraneantes que sacrifican la última jornada de playa de agosto para emprender el camino cuanto antes y evitar las aglomeraciones de última hora, en Caión son cada vez más los que eligen las misas de las 11 o las 12 para mostrar su devoción por la Virgen tratando de escapar del tumulto de las 13 horas. Pero como les ocurre a los primeros en ocasiones también en Os Milagres acaba provocándose el efecto contrario, como atestiguaban los comerciantes.

Ayer, sobre las 12.40, eran más los que dejaban el santuario que los que se acercaban hasta él. Y entre los que poblaban el recinto muchos preferían buscar la sombra en los toldos de los bares portátiles -alguno provisto incluso de televisión, otro signo de los nuevos tiempos- que exponerse al sol que caía sobre el espacio abierto frente al palco desde donde se oficiaban las misas y que obligó a intervenir en un par de ocasiones a los servicios de emergencia por sofocos o desmayos.

Ciclistas con la equipación al completo, que más bien parecían haberse extraviado de alguna Vuelta que ir de romería, jóvenes con más gana de fiesta que de sermones y romeros que han sustituido el traje de los domingos por el del Decathlon se entremezclaban en una celebración en la que los altavoces colocados para hacer llegar los ecos de la misa por todo el recinto tenían que rivalizar con los llamamientos de churreros, rosquilleros y demás comerciantes.

Incluso la fuente milagrosa situada junto al acceso del santuario fue escenario de esta dicotomía entre devoción y simple fiesta cada vez más extendida en las romerías. Entre los que hacían cola para mojar sus pañuelos y bañar con ellos aquellas partes de su cuerpo afectadas por alguna dolencia se podía ver también a algún visitante con metas más modestas: simplemente, beber un trago y refrescarse.

Con la salida de la Virgen en procesión el silencio se instaló brevemente en casi todo el recinto e incluso los más apegados a la barra dejaron por un momento sus vasos para dar forma al pasillo humano por el que discurrió la comitiva. Aunque, eso sí, una vez llegados al cruceiro donde el grupo da la vuelta para regresar a la iglesia fueron muchos los que optaron por seguir de frente y enfilar ya la salida del recinto.

Mientras los más devotos comenzaban a hacer cola para acceder al templo y tocar el manto de la Virgen, la mayoría caminaba ya pista abajo en busca de los autobuses y los coches desperdigados por la carretera principal ajenos la oferta de misas prevista también para la sesión de tarde y que se prolongará aún hasta el domingo, día en que la Virgen será llevada de vuelta a la iglesia parroquial. Tradición esta que sí permanece aún inalterada.

jornada de romería

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