La inclusión no puede tener vacaciones

Isabel García LOGOPEDA

CARBALLO

Isabel García, logopeda
Isabel García, logopeda ANA GARCÍA

Necesitamos entender que la inclusión no puede ser algo que solo ocurra de lunes a viernes o de septiembre a junio. El cierre de los colegios rompe el equilibrio y aumenta la ansiedad y la frustración de muchos niños con TEA

17 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Para muchas familias con hijos con trastorno del espectro autista (TEA), el fin del curso escolar no es un alivio, sino el inicio de un período de incertidumbre. El vacío que dejan el colegio, las terapias y las actividades extraescolares, durante el verano desequilibran por completo la red de apoyo que estas familias necesitan.

Situaciones habituales como ir al supermercado se vuelven complicadas. El miedo a una reacción incontrolable del niño delante de todos, el juicio de quienes observan y la necesidad de abandonar actividades básicas son una constante. Cientos de familias renuncian a planes de ocio o visitas familiares, ya que cualquier cambio en la rutina puede desencadenar frustración e irritabilidad en sus pequeños.

El colegio, para muchos niños con TEA, es más que un centro educativo; es un espacio de seguridad donde las rutinas les permiten anticipar lo que van a hacer, y esto a su vez, les reduce la incertidumbre y se sienten más seguros. La interrupción de esta estructura en verano rompe su equilibrio y aumenta la ansiedad y la frustración.

El verano también es un desafío para la conciliación familiar. Las tareas más cotidianas, como hacer la compra, acudir a citas médicas o simplemente descansar una hora se complican enormemente, ya que estos niños requieren apoyo y supervisión, algunos de manera continua. La anticipación de posibles crisis (cuando estas se pueden predecir), exige unas rutinas muy estrictas y un entorno poco cambiante.

El problema principal no es el cierre de los colegios, sino la desaparición de la red de apoyo. Durante el curso, profesores y terapeutas construyen un equilibrio que desaparece en verano, justo cuando más se necesita. Los campamentos inclusivos son escasos y casi siempre carecen de recursos para atender a niños con mayores necesidades. Encontrar personal cualificado para el cuidado temporal es casi imposible.

Las familias se ven obligadas a gastar sus vacaciones para cubrir julio y agosto, reducir jornadas laborales o incluso renunciar a oportunidades profesionales. Dependen de familiares que a menudo no pueden asumir esa responsabilidad, o simplemente dejan de hacer cosas.

Esta realidad pasa desapercibida por todo el mundo que no la vive. La sociedad interpreta la ausencia de estas familias en los eventos como una preferencia por quedarse en casa, sin ver las privaciones que conlleva. Cuando llega septiembre, el esfuerzo no termina; los niños necesitan tiempo para readaptarse a las rutinas escolares, un proceso que puede llevar meses.

Necesitamos entender que la inclusión no puede ser algo que solo ocurra de lunes a viernes o de septiembre a junio. La inclusión no debe limitarse a las aulas ni terminar con las clases. Es necesario crear una red de apoyo durante todo el año, incluyendo servicios de respiro familiar accesibles, campamentos inclusivos con profesionales especializados y programas municipales y comarcales que coordinen a Administraciones y asociaciones.

Si queremos que los niños estén bien, no podemos olvidarnos de quienes sostienen su mundo cada día, y son sus familias. Una sociedad es realmente inclusiva cuando un padre puede ir al médico sin pedir diez favores, o cuando una madre puede entrar al súper sin el nudo en el estómago de pensar en un posible desborde de su hijo.

La inclusión no es solo abrir la puerta del colegio en septiembre; es, sobre todo, no cerrar las demás puertas cuando llega el verano. El autismo no entiende de vacaciones, y la inclusión tampoco debería hacerlo.

Isabel García es Logopeda y doctorada en Desarrollo Psicológico, del Aprendizaje y la Salud.