Rupert Kolb: «Nos sorprendió mucho que hubiera otra Galicia que no fuera la de Polonia»

Personas con historia | Nació en Baviera en 1955, pero lleva en Calo más de 35 años. Aquí no solo ha encontrado su casa sino el lugar en el que poder desarrollar su oficio de restaurador y constructor, casi siempre con madera. Cambiar el cemento por el barro es su nuevo proyecto.


carballo / la voz

«Para nosotros España era España, no había regiones» y por esa razón Rupert y su esposa tardaron en entender dónde vendían esa casa en ruinas tan barata. Al principio pensaron que estaba en Galicia de Polonia, pero «nos parecía muy raro una cosa así en la parte comunista». Cuando llegaron a Calo, en Vimianzo, decidieron que aquel era su lugar en el mundo. Han pasado más de 35 años desde entonces y el carpintero alemán nunca se ha arrepentido de haber cambiado Berlín por la Terra de Soneira.

«Nos quedamos un mes al principio y después todo el verano. Estuvimos en la casa bastante rápido, en cuanto construimos el tejado. Era todo lo que necesitábamos. Utilizábamos una bolsa de agua para ducharnos y hacíamos la comida en la lareira. Era algo provisional, pero cuando eres joven no necesitas nada más», explica. Cuando nació Nuria, su hija, ya se quedaron. Y hasta hoy.

Empezó realizando arreglos para los vecinos porque Rupert estudió arquitectura, pero su oficio real es el de carpintero. El taller no se montó hasta 1989.

Reconoce que estaba cansado de Berlín, cinco años son demasiados en una gran ciudad. Él buscaba algo en Francia o Italia, pero en un periódico semanal se encontraron con el anuncio de la vivienda. «En esos tiempos una casa en ruinas en Galicia no costaba nada», pero al llegar advirtieron que era un precio demasiado caro para lo que se estilaba en la zona. «Para nosotros era barata, pero las había mucho más baratas», dice. El anterior propietario era también alemán.

Llegaron sin saber apenas español y, mucho menos, gallego de Calo, aún más difícil que el normativo. Por eso, una de las primeras noches de estar ahí, cuando su vecina les invitó a un coñac por la noche no fueron capaces de comprender casi nada de lo que les decían. Aun así, hubo feeling, un buen entendimiento casi inmediato.

La pareja de alemanes y lo que hacían con la casa despertó enseguida la curiosidad de los parroquianos. «Los hombres mayores entraban sin más a la casa a ver cómo trabajábamos y lo que hacíamos. Estábamos haciendo las cosas de una manera que no conocían. ¿Por qué no echas una placa? ¿Por qué no pones las puertas y las ventanas de aluminio? Nos decían esas cosas y nosotros estábamos haciendo el piso y la carpintería. Había diversidad de opiniones y discusiones casi a diario, pero era muy bonito», explica Ruper.

Ahora las cosas han cambiado mucho y con un arquitecto holandés el carpintero alemán está sacando adelante un proyecto de construcción en el que cambian el cemento por barro, sobre todo en el encintado. Lo suyo era la restauración de muebles, por lo que la recuperación de la edificación tradicional tampoco le es tan ajena. Se trata de volver a técnicas tradicionales mejores incluso. «El cemento no es bueno para las paredes», reconoce y recuerda como en las aldeas hubo una enorme fiebre por destruir lo que había. «Querían vivir como en las ciudades», explica. Eso también ocurrió en Alemania, reconoce, pero mucho antes, en los años 50 y 60. «Transformaron casas muy buenas en fatales», recuerda. Pero la diferencia es que allí, reconoce, no llegaron a perderse los oficios y aquí resulta muy difícil encontrar a alguien bien formado. Tanto es así que cuando buscó un aprendiz casi no lo halla. Tampoco es de extrañar porque considera que son necesarios entre dos y tres años para adquirir la base. «Me decían que es mucho tiempo sin cobrar y por entonces ya pagaban una pasta por trabajar de cualquier cosa», dice.

«Les tengo envidia a mis hijos porque crecieron con las dos culturas»

Su hijo mayor vive en Alemania y hace tiempo que no lo ven, a causa de la pandemia. «Aquí los estudiantes vienen los fines de semanas, pero allí cuando te vas de casa te vas. Te ves en alguna fiesta, algún cumpleaños, no es cómo aquí». De todos modos, en su casa las cosas andan bastante mezcladas. Su hijo mayor solo hablaba alemán con ellos cuando era pequeño, e incluso si delante había alguien que no lo comprendiese. De mayor, al igual que su hermana, utiliza gallego o castellano en su relación con sus progenitores. A Rupert le da envidia esa capacidad que tienen para cambiar de lengua, sin pensar. Él habla castellano salpicado de gallego o viceversa, pero reconoce que no tiene esa facilidad.

Está satisfecho de que los dos se hayan criado en una mezcla de las dos culturas y asegura que esto les ha abierto al mundo. La pequeña quizá sea más gallega en su concepción de la familia, porque visita mucho a sus padres y los ayuda, un concepto, al parecer, poco alemán.

Empresa

Rupert heredó la pasión por la carpintería de su padre que, sin embargo, no pudo dedicarse enteramente a ella. Acabó dirigiendo la empresa de decoración e interiorismo de la familia, con varios talleres. Su hijo reconoce que le gusta trabajar con las manos, por lo que la carrera de arquitectura se le hizo demasiado teórica y no llegó a terminarla. Se formó en ebanistería, especializándose en carpintería de restauración de antigüedades y carpintería de estructuras, dos especialidades muy valoradas en Alemania. Probablemente aplicó algunos conocimientos adquiridos para, por ejemplo, recuperar el desaparecido tejado de la que es su casa.

Rupert sigue yendo a Alemania. Lleva más de un año sin poder hacerlo a causa de la pandemia, pero no quiere perder el vínculo con su familia y su cultura, aunque escuchándolo casi parece gallego.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
9 votos
Comentarios

Rupert Kolb: «Nos sorprendió mucho que hubiera otra Galicia que no fuera la de Polonia»