Cándido Cabeza, tabernero: «Traballei moito, mesmo sen ir á cama, pero aínda lle ganei bos cartos»

Personas con historia | El tabernero de Sofán sigue tratando con los clientes a sus 90 años


carballo / la voz

Cándido aprovecha para beberse el vino que ha escanciado en una taza. Como lo ha hecho por orden de Ana García para la foto, su hija no le riñe. Hace unos años, cuando los médicos le quitaron el vino, vieron como Cándido se apagaba, se quedaba sin ánimo ni ganas de vivir. Tanto es así que ya le habían comprado el traje con el que iban a enterrarlo, pero el hombre volvió a la vida en cuanto, dándolo ya por perdido, le dejaron hacer la de antes. El día 28 cumplirá 90 años y salvo algún rato de siesta pasa todo el día en Casa Canducho, algo que viene haciendo desde 1958, cuando montó el establecimiento con ayuda de sus padres, muy poco después de casarse.

Cándido Cabeza Bolón nació en Guntián, en 1931, era el segundo de los cuatro hijos de un matrimonio de labradores en muy buena posición. Tenían, recuerda Cándido, vacas y bueyes. Además de trabajar en el monte y el campo, el niño Cándido fue a la escuela de Herminia Cabeza Vázquez y a los 18 años conoció en una boda a una joven de Ardaña que al cabo de los años había de convertirse en su esposa y determinar su futuro, porque la chica era hija de un tabernero y el chico de Guntián cambió el arado por el mostrador en cuanto contrajeron matrimonio y en ese ambiente había de moverse como pez en el agua para los restos.

Casa Canducho, que ahora regentan la hija y el yerno de Cándido, es una referencia en la recta de Sofán. Su localización servía para marcar la parada de los autobuses de los entierros e incluso el punto de inicio o conclusión de obras o mejoras viarias o de servicios.

Tenía 25 años Cándido cuando se casó y sus padres le ayudaron a construir la casa que debía convertirse en taberna. En 24 meses tuvo lista la vivienda y el negocio y a partir de ahí empezó a trabajar sin parar, distribuyendo vino del Barco de Valdeorras, Vilafranca del Bierzo y Cacabelos. «Coñecín algo diso», dice con cierta coquetería.

Camiones

A Sofán llegaban regularmente camiones enteros con «bocois», grandes barriles que Cándido limpiaba con cadenas, al modo clásico, y que distribuía entre los labradores con un tractor. En la taberna, además despachó millones de tazas y se bebió unas cuantas, que ahora han quedado reducidas a «un par no día», según reconoce.

Con este trabajo, dice, hizo una pequeña fortuna. «Traballei moito, mesmo sin ir á cama, pero aínda lle ganei bos cartos», señala. Ayudó bastante, según él mismo reconoce, que entonces no se pagaban impuestos, por lo que casi todos los ingresos iban a la columna del haber.

Él y su mujer, que pasaron muchas noches en vela preparando comidas y cuidando de los cochinos recién nacidos, porque la taberna tenía su propio ganado porcino que se renovaba constantemente. Tal era la demanda de carne. «Acababamos un e xa matábamos outro», dice. Su hija recuerda dormir con los animales junto a su madre, siendo una niña, o en la cocina.

Los fogones no paraban porque Casa Canducho se convirtió en lugar de parada para ganaderos, maderistas, comerciantes de distinto tipo y todo tipo de personas en la carretera que une Carballo con A Silva. A pesar del movimiento constante «nunca houbo ningún lío, atendía ao pobre e ao rico, non había problemas», dice. Tampoco ahora. Sigue Cándido pasando la jornada con los clientes, haciendo casi la misma vida que antes, aunque ahora son su yerno y su hija los que hacen el trabajo. Él se limita a las relaciones públicas, a la charla con los de siempre.

«Pagabamoslle a unha muller para levar a comida en cestas ós peóns que facían as estradas»

En Casa Canducho paraban a comer gentes de distintos oficios, entre ellos muchos ganaderos y tratantes que, además, aprovechaban para guardar sus animales en el que hoy es el bar y que antes era un edificio anexo a la taberna. Allí dormían bueyes, vacas y becerros. Cándido dice que no les cobraran a los dueños, sino que se trataba de una especie de servicio a mayores. Sí que pagaban, aunque muy poco, los que venían a ver la televisión. Explica el tabernero que la suya fue la primera de la parroquia y que entonces todos los vecinos tenían interés por el aparato como entretenimiento. No fue el único caso, era corriente que en los bares se pagara algo para ver los programas que entonces estaban en boga.

Sin embargo, el verdadero negocio de Casa Canducho era el vino. El más apreciado era el de Cenlle, en Ourense, que sigue siendo uno de los favoritos de los parroquianos y también de Cándido. Se complementaba todo ello con la comida, elaborada por la esposa del propietario, la hija del tabernero de Ardaña que llevó a su marido al oficio familiar y que sigue trasteando por la parte trasera del bar, donde tienen la vivienda.

A pie de obra

Muchos acudían al establecimiento a comer, pero también eran muchos los que recibían las viandas a pie de obra. De los fogones de la taberna salía la comida de los peones camineros que hicieron las carreteras de la parroquia de Sofán. «Pagabamoslle a unha muller para levar en cestas a comida», lo hacían con los empleados de Ramón Vázquez o de García de Razo, según los recuerdos de Cándido Cabeza. Curiosamente, explica, la señora que realizaba el traslado de los alimentos iba caminando.

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