«¡Qué duros eran los entierros con solo tres personas!»

severino suárez blanco

CARBALLO

MARCOS RODRÍGUEZ

Confesiones de un cura | Este tiempo nos ha ayudado a darnos cuenta de que tenemos los pies de barro, que somos todos muy frágiles

05 dic 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

El coronavirus nos sorprendió muchísimo a todos. Además, la manera de afrontar la pandemia por parte de quienes tienen la responsabilidad de los asuntos públicos no contribuyó mucho a disminuir esa incertidumbre. El covid-19 nos golpeó fuertemente: cuántas personas han muerto ya en Galicia, en España, en el mundo entero; cuántas secuelas en los enfermos que han salido para adelante; el desastre económico, etc...

He de confesar que a principios de marzo, cuando se empezaba a hablar de la epidemia que estaba azotando a China y a Italia, yo no me imaginaba para nada todo lo que se nos venía encima. Cuando nos vimos obligados a suprimir todos los actos parroquiales y quedar confinados en casa, sentado en un banco en la soledad del templo vacío, con gran angustia en mi corazón le pregunté a ese Dios en el que yo creo y al que he entregado mi vida en el sacerdocio: «¿Cómo puedo realizar ahora mi labor pastoral? ¿Cómo puedo llegar y ayudar a cada persona de las parroquias que lo necesiten?»

Y vino a mi cabeza la figura de santa Teresita del Niño Jesús. Es patrona de las misiones sin salir del monasterio de clausura, casi sin salir de la cama, enferma como estaba, y muriendo a los 24 años. La fecundidad del apostolado radica en lo alto: sin Dios no podemos nada. ¿También yo podría hacer algo fecundo por mis feligreses?

Lo primero que intenté hacer fue rezar mucho por todos ellos, en especial en la misa que seguí celebrando cada día con un reducidísimo grupo de fieles que representaban, de alguna manera, a toda la comunidad. Enseguida empezaron a surgir las llamadas apremiantes de gente necesitada, y con un grupo de voluntarios de Cáritas intentamos desde el primer momento resolver esas situaciones tan difíciles y urgentes que llegaban a nuestra puerta: nadie marchó con las manos vacías y hemos conseguido, con la ayuda de Dios, el milagro de la multiplicación de los panes y los peces.

Las llamadas telefónicas y los wasaps fueron un valioso instrumento para paliar la soledad de tantas personas, para acompañar a tantas familias angustiadas porque alguno de los suyos había ingresado en el hospital con el dichoso covid-19, para consolar a tantas personas a las que se le moría un ser querido y no podían despedirse de él como querían… ¡Qué duros esos entierros con solo tres personas! ¡Cuánto sufrimiento acumulado, cuántos duelos que, si no hubiesen sido acompañados de esta manera, resultarían en un duelo patológico!

Otro problema que se nos planteó fue cómo dar continuidad al catecismo. Aquí tengo que alabar el entusiasmo, la creatividad y el compromiso de mis catequistas, que han estado permanentemente en contacto con los niños y sus padres, que han contribuido no solo a que los niños siguieran con su preparación para los sacramentos, sino que también fueron un valioso balón de oxígeno para esos padres desbordados por una situación que no entendían y que les había caído como una losa, que supuso para muchos la pérdida de cualquier ingreso económico.

Este tiempo nos ha ayudado a crecer humana y espiritualmente a todos si hemos tenido abiertos el corazón y la mente. Nos ha ayudado a darnos cuenta de que tenemos los pies de barro, que somos todos muy frágiles y vulnerables, que tenemos que cambiar muchas cosas en nuestras vidas y en nuestra sociedad. No podemos permitir, como pone de relieve mi amigo José Ramón Amor en su último libro, que el utilitarismo nos lleve a descartar a los ancianos, a los discapacitados. No entiendo cómo ha podido ocurrir el drama de los geriátricos. No entiendo cómo después de lo acontecido estos meses se sigue adelante con la eutanasia.

En fin, san Agustín nos dice: «Haz lo que puedas, pide lo que no puedas y Dios te dará fuerzas para que puedas». A lo largo de todos estos meses, que ya van siendo demasiado largos, esas palabras de san Agustín han venido muchas veces a mi cabeza. Y he de confesar con toda humildad que se han cumplido sobradamente, porque sin la ayuda de Dios no sé cómo hubiera podido resolver y acompañar tantas historias de dolor sin sucumbir en el intento. Gracias a Dios la salud no me ha faltado, con los achaques propios de quien lleva a cuestas ya 71 años. Y la fe y la esperanza permanecen incólumes en mi corazón.