Hipólito Castro: «Vendí todas mis cosas de valor para pagar la matrícula y dar un giro a todo»

Dejó su carrera jurídica para apostar por la hostelería. Empezó de camarero y sus últimas prácticas ya fueron como adjunto a la dirección en el parador de Lourido


carballo / la voz

Hipólito Castro Añón nació en Santiago, se crio en Ferrol, su familia materna es de Carballo, y desde hace unos tres lustros vive en la localidad compostelana. Una suma de localidades que le permite conocer bien la provincia, incluida la Costa da Morte: residió en Cee hasta hace pocas semanas mientras hacía prácticas laborales en el parador de turismo de Muxía.

Ese trabajo forma parte de su nueva vida, a la que dio un giro importante y muy poco usual cuando tenía ya 30 años: es abogado, y de repente, cansado de los vaivenes y de la precariedad laboral, decidió cambiar de presentes y de horizontes para formarse en la hostelería. En la de alto nivel, además, matriculándose en el Centro Superior de Hostelería de Galicia (CSHG), donde ya lleva tres cursos y acaba de empezar el cuarto y último del grado, el de Diploma Superior.

Pero hasta entonces, su vida estaba en el Derecho, y en varios frentes. Primero, como todos, con plazas de becario durante varios meses. Después, de asesor jurídico en una federación deportiva. También en aseguradoras, en la parte comercial. Pero la cosa no despegaba. «El tema laboral estaba mal, con muy bajas remuneraciones», explica. Así que fue cuando se dijo que hasta aquí, que tenía que buscar algo con «alta empleabilidad».

Su hermana había hecho una FP de cocina, y pensó que esa vía era una buena opción, le gustaba. Y dio el gran salto. Además, con valentía. «Vendí todas mis cosas de valor, el coche, la bici... para pagar la matrícula, y así darle un giro a todo. Pensé: si me sale mal, al menos que sea con mi dinero. Y eso que contaba con todo el apoyo total de mi familia, pero yo lo tenía muy claro. Y fue una decisión muy acertada, porque al poco tiempo ya trabajaba».

Primeros trabajos

En efecto, a los tres meses de empezar los estudios ya lo llamaron para trabajar los fines de semana en el parador de Ferrol, de camarero. También hizo la campaña de Semana Santa, fue sumando eventos aquí y allí... No es que le diera para vivir, pero logró sumar formación y trabajos. Eso sí, a costa de anular el tiempo libre, sin fines de semana (cuatro horas de trabajos los viernes, ocho los sábados y domingo), y las clases son obligatorias. «Pero las expectativas se cumplían, la inserción laboral era posible», asegura. Y eso que, en principio, visto desde fuera, la hostelería no le llamaba ante la atención especialmente, y además el salto llegó con 30 años, diez o más que la mayor parte de sus compañeros de promoción. La diferencia de edad no le importó: «Me llevo muy bien con ellos, y tengo grandes amigos», indica. Asegura que es muy fácil empatizar, ponerse en su lugar, pensar como ellos porque así lo hacía él también a la misma edad. Y añade que los jóvenes pisan muy fuerte en el manejo de las redes, de la informática, de las interacciones... Más que alguien como él que, por la generación a la que corresponde, ya casi nació con un ordenador en las manos.

En su formación, en la del CSHG, hay prácticas desde el primer momento, lo que también contribuye a tener una visión más amplia de lo que le espera en su vida profesional. Y desde abajo.

Las hizo, por ejemplo, en un Ritz-Carlton en Canarias, también en un restaurante de una estrella Michelin, en hoteles de centenares de habitaciones... Le gustó mucho participar en aperturas de establecimientos, una situación que le motiva, por el desafío de sacar adelante un negocio.

Después estuvo en Ámsterdam, en un cinco estrellas, como subgobernante de pisos, manejándose en inglés. Un lugar muy volcado en los negocios, y desde luego un destino distinto a los habituales. Fueron los primeros pasos a un cambio de vida radical que marcará su destino.

«El parador de Muxía tendrá muchísimo tirón» 

En las prácticas de este año, a Hipólito le tocó el parador de Muxía en el puesto de adjunto a la dirección. «Fue una experiencia increíble», resume. Tenía ganas de conocerlo, por el lugar y por todo el reto que significaba ponerlo en marcha. Insistió y logró ahí la estancia. Sus conocimientos de abogado le ayudaron bastante. Hubo que mover mucha documentación, analizar toda la normativa, prepararlo todo... Y él, explica, colaboró con mucho entusiasmo, aprendiendo cada día, y además de la mano de otro Castro, Julio (no tienen relación familiar), el director del parador.

Además de la parte profesional, la estancia en Muxía (terminó el día 10 de este mes) le ha servido para conocer en detalle una parte de la Costa da Morte. Hacía mucho que no visitaba Muxía. «Me gusta mucho, y en general toda la comarca, el potencial turístico es increíble, lo tiene todo: paisaje, gastronomía...».

Eso lo vivió directamente a diario en las nuevas instalaciones. «Los clientes se quedaban alucinados con la panorámica que hay en el parador. Te olvidas de todo. Creo que el potencial del parador es ilimitado y tendrá muchísimo tirón», dice. Nunca se saben los derroteros por los que lo llevará la vida, pero asegura que como destino para trabajar es excelente.

¿Y el futuro, cómo lo ve? El covid lo marca todo: «Estamos animados y ante un gran desafío, es importante esforzarse para estar lo mejor preparados posible cuando se retome la actividad. A corto plazo, la situación es muy delicada, pero adaptarse a las circunstancias está en la naturaleza del sector hotelero. Considero que el sector turístico volverá muy reforzado, hay ganas de viajar y de conocer destinos que este año, desgraciadamente, no hemos podido».

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