El torpedo submarino


Se trata del último grito en el mercadeo ilegal de marisco en la Costa da Morte: un artilugio que permite esquilmar todo lo que uno se encuentre por delante y hacerlo delante del hocico de un avezado vigilante, quien, prismáticos en mano, cree que todo está tranquilo cuando a escasos metros le están robando la cartera.

Mientras los mariscadores andan a las carreras jugándose la vida por un puñado de percebes, el torpedo submarino es todo lo contrario: permite limpiar una piedra en un abrir y cerrar de ojos, sin hacer ruido y, lo más importante, y aunque resulte paradójico, respetando el medio ambiente porque funciona con una batería de 12 voltios. Cuando el mariscador con permex baja a las piedras para ganarse unos euros con los que dar de comer a su familia y pagar el colegio de sus hijos, se encuentra que no hay nada que apañar porque los mejores crustáceos se han evaporado a golpe de rasqueta con el apoyo inestimable del torpedo submarino. Ese codiciado percebe ya ha sido vendido a algún restaurante de renombre, cuyo chef los ha ofrecido en el reservado a 200 euros el kilo a unos incautos comensales con alto poder adquisitivo. Quien dice percebes, dice santiaguiños, langostas, bogavantes, centollas, nécoras.... El torpedo submarino no entiende de especies, lo mismo que el furtivo que lo lleva. A 30 metros de profundidad todo es posible. El furtivismo es sinónimo de rentabilidad: se invierte 2.000 euros y en una jornada de trabajo ya se ha amortizado. A partir de ahí todo es ganancia neta. Visto lo visto en Muxía este lunes es más rentable que ser constructor.

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