Antonio Barca: «De neno vin como se tiraban ao mar os homes dun barco que naufragara»

Personas con historia | Es experto en la microtoponimia y en historias del entorno de Baldaio


Carballo / La Voz

Antonio Barca, jubilado, que cumplirá 73 años el 19 de este mes, es de A Imende, en Noicela, ese lugar elevado de la parroquia que se encuentra justo en medio de otra, la de Rebordelos (una curiosidad territorial con solo otro caso idéntico en Galicia). Es la zona litoral oriental de Carballo, donde el mar marca un enorme horizonte a la izquierda, con Malpica y las Sisargas a lo lejos, y a la derecha, con el saliente de Prior que en los días claros parece más cerca de lo que está. Esa gran franja de agua que va de A Pedra do Sal hacia Caión es su territorio natural, que lleva pateando y paseando desde niño, y que conoce en los más pequeños detalles, lo que se traduce por ejemplo en preservar la rica toponimia de casi cada piedra que con las nuevas generaciones está desapareciendo sin vuelta atrás.

«Sempre me gustou o mundo do mar», explica resumidamente, para explicar su pasión. Que incluye, sobre todo, ver los temporales. Recuerda muchos, como aquel del año 1962, aún niño, que «fora enorme, parecido ao de febreiro do 2014, ata morreran dous homes no vello matadoiro da Coruña», zona que está ahora cerca de la Domus. Las olas llegaban, en el litoral carballés, a puntos que parecen imposibles cuando se observa el mar en calma por ejemplo desde A Arnela. Y más incluso si se tiene en cuenta que el fondo es muy escaso hasta unos 200 metros mar adentro, lo que limita la fuerza del oleaje, pero aún así su fuerza es muy virulenta.

En sus muchas incursiones vio accidentes marítimos. Ya desde pequeño: «De neno vin como se tiraban ao mar os homes dun barco que naufragara». Fue en la zona de A Arnela. El barco se había quedado sobre una piedra, «e chegaba tocando a bocina». Los recuerdos ya se van diluyendo, pero cree que hubo un muerto en aquel naufragio. Y vio, con los años, muchos más restos esparcidos por todo el litoral carballés, o barcos embarrancados, pequeños o grandes, como un mercante, una vez.

Eso, por tierra, pero Antonio también conoce esta franja por mar. Tiene una lancha en Caión, y antes ya tuvo otra. Mucho mar, sí, pero no es habitual entre los vecinos por falta de lugares de abrigo para dejar las embarcaciones. La que él tuvo (casi el único caso, como otro vecino) en la playa de A Arnela, al segundo invierno el temporal se la llevó, y bastante esperó para hacerlo, dadas las condiciones. Lo normal es tener que subirla hasta la zona elevada, y eso da mucho trabajo. Con todo, había numerosos vecinos viviendo más del mar que de la agricultura. Él mismo, por ejemplo, ya que el primer trabajo que tuvo fue de marinero en el cerco, a la sardina. Pero para los siguientes ya eligió la tierra: estuvo en la central de Sabón cuatro años, en dos empresas diferentes.

Más tarde, se hizo soldador y trabajó como tal en la central de Meirama durante cuatro años. Y finalmente se hizo pintor y a este oficio dedicó algo más de un cuarto de siglo, hasta que se jubiló. La pesca nunca la ha dejado, pero como afición. Suele ir a por lubinas, y no hace mucho pilló una de nueve kilos, peso más que suficiente para poder presumir de estas capturas.

Con Antonio se puede hablar de muchos temas, incluido el de cómo va cambiando la línea de litoral con el pasar de los años y de los temporales.

Arena de ida y vuelta

Por ejemplo, en una parte amplia de A Pedra do Sal, «todos os anos desaparece a area e despois volve ao seu sitio». Puede tener una altura de dos metros y medio, se va, «e quedan as pedras tan limpiñas que podes comer nelas», afirma. Pero año tras año, la normalidad regresa a ese mismo punto, a pocos metros de donde hace mucho, también en su época de niño, se realizaban baños de agua de mar, que se transportaba con carros hasta dos viviendas. Tenían rampas, cisternas, y muchos visitantes... Y mucha sal, que ahí había salinas.

«Ía dúas veces por semana a pé, ata Caión, para entrenar co equipo de fútbol»

Antonio jugó bastante al fútbol, y a decir de quien lo conoce, no le daba mal. Él se lo toma con humor: «Se tivera as oportunidades que hai hoxe en día, por ilusión igual chegaba a máis. Pero por ilusión, eh!», bromea. Recuerda los primeros años, cuando lo ficharon en el Club do Mar. «Ía dúas veces por semana da Imende ata Caión a pé, para entrenar co equipo de fútbol», recuerda. Por la carretera, claro, no por la pista de zahorra que ahora comunica ambas localidades, muy reciente (antes había un pequeño y estrecho camino de monte por el que él pasaba a veces a pescar con su Land Rover). Eran unos 5 kilómetros. Pero después se rebeló y le pusieron un taxi, que venía a buscarlo desde Caión.

Su vida futbolística, con los años, está sobre todo ligada a la peña Baldaio, con el campo actual al lado de A Imende y de A Arnela, que llama mucho la atención por su verdor, sobre todo en invierno. Es el de la peña del mismo nombre, histórica, de más de 50 años, que va a menos porque los tiempos también van cambiando y la juventud, dice Antonio, no se implica como antes. Él aún se encarga de marcarlo, y un compañero, de cortar la hierba. Ambos, y otro vecino, un constructor, son los más veteranos de esta entidad. Cuidan con tal esmero el césped que «no inverno parece unha alfombra». En los buenos tiempos jugaban allí hasta tres peñas en dos días y aguantaba perfectamente. «E iso que non hai rego de auga, por iso no verán está seco». De hecho, tampoco es de tierra estrictamente.

Muchos balones cayeron hacia el lado del mar, lo suficientemente lejos para que no llegasen al agua, pero sí se perdieron algunos por aquella pista en pendiente, «ou foron moi malos de atopar».

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