Diez lugares de ensueño para iniciarse en la Costa da Morte

Faros, refugios, miradores, cascada... Anote rincones que no debería perderse


CARBALLO / LA VOZ

El cantautor berciano Amancio Prada afirmó en su día que poder cantar en Muxía, escuchando el mar, fue «un sueño largamente soñado». Sintió que lo que hacía era una peregrinación al extremo del mundo, a un entorno, el del santuario da Virxe da Barca, que también loaron Federico García Lorca, Gonzalo López Abente o Rosalía de Castro. No puede negarse que la Costa da Morte, cargada de historias que saben a salitre, moldeada por un viento que trae susurros del Atlántico, reverdecida por una fertilidad que alumbra las mejores patatas (de Coristanco), el mejor pan (de Carballo), los mejores percebes (de Corme) o el mejor longueirón (de Fisterra), guarda numerosos lugares de ensueño. ¿Cuáles no pueden, pues, faltar en un recorrido iniciático de verano?

Capítulo aparte, sin duda, merecerían los faros, señales marítimas rodeadas de cierto halo místico que, por cierto, han dado lugar a la creación de una ruta de 200 kilómetros, desde Malpica hasta Fisterra, empapada de espíritu trasno. El Vilán de Camariñas, por su simbolismo, es una parada obligada. Erguido sobre un peñasco que no podrá dejar de admirar desde distintas perspectivas, fue el primero de España en funcionar con luz eléctrica. Vino a dar respuesta a la tragedia del Serpent, una herida que cada mes de noviembre se recuerda en el bravo entorno de Reira, desde el Cemiterio dos Ingleses. Abierto, y con exposiciones periódicas, Vilán y su ámbito guardan en cierto modo la pócima que da identidad a la comarca.

Del otro lado de la historia, como el faro más joven levantado en estas latitudes, está Nariga, en Malpica, simulando la proa de un barco entrando en el océano. El viento serpentea allí prácticamente cada jornada y Atlante, la escultura que identifica este extremo del mundo, a modo de mascarón de proa, juega allí con él en compañía de un buen número de piedras que, para quien sabe mirarlas, ofrecen formas bien variopintas.

O Ézaro, en Dumbría, le permitirá conocer el único caso en Europa de un río, el Xallas, que desemboca en cascada. Tiene de estreno, además, una pasarela que al fin le confiere a este enclave un acceso universal y que, para el caso, le permite a uno sentir que camina sobre el mar. No muy lejos, el magno Monte Pindo, cuna que devuelve al visitante al origen mismo de la vida.

Empaparse de costa, desde Caión (A Laracha) hasta Carballo, es otra de esas propuestas que no debe desechar para un primer acercamiento a la comarca. Entre ambos municipios existe, mismamente, un sendeiro azul, distintivo otorgado por sus virtudes y además de trayectoria relativamente fácil. Tampoco sería prudente marcharse de la Costa da Morte sin haberse sentado a escuchar el silencio de muchas de sus atalayas, descansando los ojos en escenarios tan calmados como el que ofrece, por ejemplo, Monte Branco, hacia la desembocadura del río Anllóns.

Frente al bullicio y a la rapidez que hoy se imponen, hay lugares en estas latitudes que semejan escondidos de esa dinámica, refugios que podrían ir desde el de Verdes, en Coristanco, donde podrá escuchar canturrear el agua, hasta la Carballeira de Baio o de Zas, que le evocarán ritmos de gaita y de pandereta, pasando por la Praia dos Cristais de Laxe.

Camino del fin del mundo nadie debería ignorar el castillo de Vimianzo, conservado, pleno de artesanía, conversador sobre la fuerza irmandiña. Si le cuadra un día de luz de verano, bien puede concluirlo despidiendo el sol entre aplausos desde el cabo Fisterra. Aunque se oculta sin remedio, pareciera que para siempre, volverá a salir en esta tierra eterna.

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