Rosa Soutullo: «Viñeron Camilo José Cela e Lolita, pero daquela non tiña móvil nin cámara de fotos»

Personas con historia | Con el cierre de Casa Rosa se acaba la saga del famoso Pastoriza de Malpica


carballo / la voz

«Viñeron dos casinos de Madrid cunha limusina material e comeron un langostino con garfo e coitelo e, de sobremesa, unha laxanxa que espetaron no garfo para pelala. Era para facer unha foto». No es la anécdota más jugosa de la vida profesional de Rosa Soutullo, que comenzó en el Pastoriza de Seaia y se despidió de la hostelería en Casa Rosa. Solo por el uso de «material» como pseudoadjetivo, los que no conozcan alguno de los dos establecimientos ya los habrán ubicado en Malpica, aunque ninguno existe ya.

Por esos locales pasaron la condesa de Fenosa, que pidió que le quitaran la cáscara al bogavante del arroz para no tener que comer con los dedos; Camilo José Cela, que a las cinco de la tarde encargó una ración de jamón, o Lolita, que solo paró a beber algo, y una lista enorme de clientes algunos con historias curiosas. «Haberá 20 anos que parou un helicóptero nun terreo cerca do Pastoriza, onde agora hai unha casa. Baixaron uns homes e entraron no restaurante. Preguntaron qué comían os da mesa do lado e tamén pediron o menú do día. Comeron, pagaron, subiron ao helicóptero e marcharon. Nunca soubemos quen eran», explica Rosa.

De todas esas visitas no tiene más recuerdos que su memoria, «daquela non tiña móbil nin cámara de fotos», pero sí ha inmortalizado otras, aunque ni recuerde el nombre del personaje, que van desde un «futbolista do Roma», hasta «un compañeiro de Rodríguez de la Fuente» o «a campeona de vela de España».

Otras anécdotas no son tan amables. «Estaba vendo Pasapalabra na tele e estaba a actriz Neus Asensi, que tiña unha casa en Barizo, cando entrou ela preguntando se tiñamos tabaco. Díxenlle que non e que estaba na tele. Deu media volta e nin contestou». Que hay gente poco amistosa puede dar fe Rosa Soutullo, que también se topó con el supuestamente dicharachero Carlos Arguiñano en Zarauz. Ella quería ir a su restaurante, pero lo tenía cerrado por descanso. «Dixenllo e nin mirou para min. É ben maleducado», dice.

La relación de Rosa con la hostelería arranca en 1973 cuando abre con su madre el Pastoriza, que empezó siendo un simple bar. A la hija del de la fábrica de madera de Seaia no le gustaba estudiar y los padres decidieron que trabajara. Le tiraba la hostelería y le montaron el local cuando construyeron la casa. Su hija nada tiene que ver con el negocio. «Non quería para ela unha vida tan arrastrada» porque reconoce que la hostelería es un negocio muy esclavo y ya vio a su madre matarse a trabajar. «Aguantou dos vellos, dos fillos e de meu pai, que non era fácil. A pobre vai aló sen gozar para nada da vida. En todo o ano só pechaban o día de Noiteboa», recuerda.

Suiza

Ella salió del Pastoriza en 1978, cuando se casó y se fue para Suiza. Allí trabajo en el hospital y, como no, en la hostelería. Llevaba con otras parejas de amigos el bar O Feitizo del centro gallego de Berna. Durante los fines de semana aquello era un no parar. Lo que más despachaban era el pulpo. «O venres collía 35 quilos na tenda española e alí ían enteiros o domingo», explica. Era gallego, por el color, el sabor y porque «encolle» y a Rosa no hay quien le tosa en cuanto a conocimiento del género, que ha sido su enseña desde que abrió Casa Rosa, en 1998.

Pero no solo de raciones á feira vivía el local. «Tiñamos un forno pequeno e cada 20 minutos saían dúas empanadas», explica. Lo mismo las comían allí que las llevaban a casa. Las de bacalao, «bacallau, bacallau non maruca» eran las más demandadas. A nivel de gusto era como estar en Galicia. Para el bolsillo era otra cosa. «O prezo non era como o que aquí, pero como estaba en francos non o notabas tanto». Al menos medio millar de personas se daban cita en el local durante los fines de semana y todo ese trabajo duró casi cuatro años, del 93 al 97. Ya en el 2011 puso la marisquería.

«Levo 21 anos na hostalería e nunca veu pola porta xente preguntando por algún traballo»

Rosa abrió en el 2011 la marisquería porque el Pastoriza se le había hecho demasiado para su precaria salud. Allí había menú del día, carta, barra y banquetes, un no parar. Con Casa Rosa podía dedicarse a escoger lo mejor y así lo hacía. «Ao mellor botábanlle enriba un ou dous euros máis, pero eu sabía que era bo», dice refiriéndose a sus proveedores. Los tenía comprando en las lonjas de Malpica, Laxe, A Coruña y Fisterra. «Se non era do mellor xa podían levalo de volta», explica. Incluso los camareros se implicaban en esa búsqueda de la calidad. «Se non ía como é debido eran os primeiros que dicían que non o levaban á mesa. Querían que o cliente quedara contento porque así, seguramente, daba unha boa propina», explica.

Sin embargo, las cosas no fueron tan idílicas como las pinta. Casa Rosa cerró en octubre del pasado año y lo hizo «polo personal». «Cando en xullo empezaron cos horarios xa foi demasiado. Empezaron a esixir moito e iso que non cobraban mal porque eran 1.250 euros ao mes, máis as horas», explica. Todo se complicó por el tipo de negocio, «Entraban á unha e as catro empezaban a recoller e xa ían catro horas e aínda había que facer o da noite e quedaba todo a medias», explica. El verano fue un infierno. «Tiven catro persoas no vertedoiro. Estaban dúas semanas e xa lles daba para o paro. Facías contratos de maio a outubro, pero non botaban máis que quince días», explica. No todos los trabajadores eran así, pero decidió tirar la toalla.

«Levo 21 anos na hostalería e nunca veu pola porta xente preguntando por algún traballo. Sempre tiven que buscar xente por aí e algunha vez nas oficinas o paro», explica.

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