«El dolor se aguanta o se toman calmantes, la soledad,no»

X. ameixeiras / Ana García CARBALLO / LA VOZ

CARBALLO

Ana García

José Antonio Vilas, que estuvo ingresado una semana, y su esposa, Estrella, pasaron 40 días confinados

08 may 2020 . Actualizado a las 17:44 h.

«Lo que peor llevaba era la soledad». José Antonio Vilas Varela fue siempre un hombre de mucha vida, pero aislado en el hospital llegó a pensar que no saldría de aquella cueva, en la que, no obstante, se sintió muy bien tratado. Él y su esposa fueron atacados por el coronavirus en la primera oleada de la pandemia, en el mes de marzo. Durante cuarenta días no salieron a la calle. Él estuvo una semana ingresado. El resto del tiempo, lo pasaron cada uno en una habitación.

Ahora se emocionan al recordar su peripecia sanitaria. «Pensaba que no iba a salir de allí», cuenta. «El dolor -añade- se aguanta, o se toman calmantes, pero la soledad, no» Veía tantas tragedias en la televisión que se ponía en lo peor. «La cabeza se pone a trabajar», comenta. Estrella Tasende Lago, su compañera, atravesó la enfermedad con algo de fiebre y malestar estomacal, pero no necesitó tratamientos severos.

Él se sintió mal al principio del estado de alarma, con dolores en el vientre y otras molestias. El 12 de marzo celebraron un cumpleaños, pero ahí se acabó la fiesta. Y la calle. Lo diagnosticaron y lo mandaron para casa, pero «iba a peor», explica ella. Como lo llamaban todos los días los sanitarios, le indicaron que tenía que ir al Chuac, donde vieron que una neumonía conquistaba sus pulmones. Cuando él ya estaba enfangando en el coronavirus, cayó ella afectada.

El tiempo que pasó solo en aquella habitación del hospital le dio tiempo a pensar en todo. Y se fijó, como no, en el personal sanitario. «Las enfermeras y las personas de la limpieza me daban mucha pena», cuenta.

José Antonio Vilas fue un hombre del deporte. Sabe de derrotas y de victorias. Un tiempo fue entrenador del San Lorenzo de Berdillo. Hace una docena de años recibió un fuerte revés. Se cayó desde un tejado en el que trabajaba. Siete metros de alto. Se quedó en una silla de ruedas. Ahora ve la vida de otro color tras vencer la soledad y el coronavirus.