Modesto Chouciño: «Por aquel tempo case era máis escrava a muller có home»

Este malpicán dice que siempre fue feliz en el mar, incluso cuando apenas ganaba y tuvo que emigrar a Inglaterra


carballo / la voz

Modesto Chouciño Loureiro nació en el lugar de Seaia, en Malpica de Bergantiños, en el año 1946. Prácticamente se crio con sus abuelos y sus tíos, que vivían al lado de la casa de sus padres. Eran cuatro hermanos, de los que solo él era varón. Su padre, marinero. En este pueblo coruñés, así como en otros muchos, recuerda, solo había dos opciones para trabajar: la tierra o el mar, si bien los labradores eran pocos, mientras los marineros, muchos. «Despois da guerra, moita xente ía traballar á casa dos labradores para poder comer», cuenta. Los niños, dice, eran «despreciados». Se refiere a que desde muy pequeño estaban obligados a trabajar para tener que llevarse a la boca. Así, con ocho años, ya pastoreaba las vacas. No obstante, a los 14 años ya se echó al mar, al que siempre estuvo ligado: primero como marinero, patrón y armador hasta los 65 años, y luego, como un buen jubilado que a sus 74 años sigue enamorado de lo que se puede decir que fue su pasión. «Eu no mar sempre fun feliz», reflexiona, a lo que añade: «Só me aburría no verán cando non había peixe». Bien es cierto que a los 20 años hizo el servicio militar y en el 1968 se casó y emigró a Inglaterra para «buscar unha vida mellor», ya que «aquí ganábase pouco».

Empezó yendo a la «terrafa» de una forma bien peculiar: «O barco ía a remolque da lancha. Non tiña motor. Eramos seis rapaces remando e uns 25 no barco traballando por relevos, porque se non había peixe, tiñan que recoller o aparello e volver a largalo», explica. «Despois atracábamos nas zapatas [se refiere a unas rampas que había por aquel tiempo en el pueblo], e as mulleres carrexaban o peixe a paxes en cestos na cabeza, de maneira que lles caía toda a auga por riba. De aí para os burros en caixóns e a repartir polas aldeas ata Ponteceso ou Razo! Por aquel tempo case era máis escrava a muller có home...», recuerda. Llegaba gente de todas las parroquias para trabajar en el mar.

«Aguántame aquí». Así fue cómo Modesto aprendió el oficio de marinero: «Vía como aliñaban e ía aprendendo», cuenta. «Ninguén che ensinaba. Tiñas que espelir, que senón...», añade. Por aquel entonces iba a quiñón: «Se o barco gañaba, ti levabas un pouquiño». Fue después de estar emigrado durante 14 años en Inglaterra con su mujer, Encarnación, y tener dos hijos, David y Maribel, cuando se echó un socio y «pouco a pouco» compró un bote y, luego, una motora pequeña. Reina del Atlántico se llamaba. Hasta que llegado un momento, se deshizo del socio y compró el barco Beatriz. Con esta embarcación de madera hizo durante más de treinta años la misma ruta: «Fun ata Fisterra e ata Cariño», recuerda. Ahí se puede decir que empezó su felicidad plena como patrón y armador, acompañado por otros 4 o 5 hombres según la temporada, pescando con nasas, vetas y miños. Para él no había descanso. Los sábados los dedicaba a tener las redes listas, y así no tener que pagar por ello, para el lunes volver a faenar.

«Por aquel tempo había peixe de tódolos tipos. Polbo, o que querías. Chegaba outubro e o polbo roxo atracaba aquí. E collías 300, 400 ou 500 quilos. Mais criaba. Agora nada. Quedou David co barco, aínda que despois comprou O Monteblanco, e dende hai oito anos para aquí non hai un polbo roxo. Non se lle dá veda a cousa ningunha. Se non a hai, aínda se bota máis aparello!», lamenta. Para ejemplo pone el de que antes la nasa no se empleaba de mayo a octubre. «Agora, pódese de xullo a xuño. Iso non pode ser», opina.

Dice que preferiría que su hijo no fuese al mar por el hecho de que «en terra hai un horario e un salario fixo», aunque a él, en fondo, le llena de orgullo.

«Estiven a punto de perder ó mesmo home tres veces, pero tiven sorte»

Como en la vida misma, y más todavía en este oficio, no todo es de color rosa. «Estiven a punto de perder ó mesmo home dúas ou tres veces, pero tiven sorte». Así es como empieza ese lado más oscuro que, por desgracia, todo lobo de mar vivió en algún momento de su vida. «Unha vez pensei de non collelo. Había mal tempo na Illa, na zona de atrás das Sisargas. Noutra ocasión, así como caeu, collino eu polo pescozo. Había bo tempo. A terceira vez foi porque quitamos o canlón das nasas e el arrimouse pensando que seguía alí colocada. Meu sobriño queríase tirar por el, pero díxenlle que non que así en vez de un morrían dous. Tiroulle o salvavidas, con tan boa sorte que encestou á primeira», relata.

Hubo más momentos de tensión: «Estivemos a punto de ir a pique preto da praia de Seaia porque marchou un tubo da bomba e entrou toda a auga. Puxemos os chalecos salvavidas, chamei a Cruz Vermella, e cando xa estaba pensando en mandar aos homes tirarse ó mar, chegamos ó porto e zafamos», explica.

Esta familia malpicana lleva el mar en el ADN. Su hijo David, Roque, primero fue marinero y ahora es patrón y armador, como el padre. Su sobrino Jerry trabaja en un atunero. Sonia, otra de sus sobrinas, es atadora. Mientras, Modesto sigue elaborando nasas, las bolsas para la carnada, y arreglando las redes para su hijo por gusto y placer.

Corren tiempos difíciles. Muchos barcos han solicitado ERTE bien para protegerse del coronavirus o motivados por los bajos precios en las lonjas. Frente a esta situación, Modesto dice lo siguiente: «Isto vai para rato. Creo que hai que traballar, porque senón vai chegar un momento que que imos comer?». Se ve que aún conserva el ansia por currar.

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