Joaquín Pose: «Non pasan os días, o único contacto que teño é un veciño desde o patio»

Xosé Ameixeiras Lavandeira
X. Ameixeiras CARBALLO / LA VOZ

CARBALLO

ANA GARCIA

Historias del confinamiento | Perdió a su exsuegra el pasado viernes y afronta el coronavirus en la soledad de la aldea de Corme

09 abr 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Joaquín Pose Suárez (71) años navegó medio mundo. Empezó en el mar con 14 años y hasta que se jubiló, a los 55, realizó infinidad de rutas. Ahora vive el confinamiento solo en su aldea de Corme (Ponteceso). El hombre que vio el fuego de San Telmo y el mar de ardora en más de una ocasión tiene anclada ahora su vida en una casa con su patio para salir a respirar durante el encierro.

El pasado viernes falleció en el Chuac su exsuegra por el coronavirus. Su exesposa también está afectada por la enfermedad e ingresada en el mismo centro. Aunque ya no vivía con ellas, estas cosas afectan. Mantenían la comunicación y está al día de la situación. La vida ya le había dado un golpe terrible a Joaquín hace algo más de un año. Su único hijo, que también se había hecho hombre de mar como él, pereció en el puerto cormelán. Estos infortunios marcan a uno para siempre. «Era o único fillo que tiñamos», dice. Una noche negra de lluvia y sin luz en el puerto, el joven se fue al agua con el coche.

El confinamiento condena a Joaquín, un hombre acostumbrado a la libertad, a vivir estas semanas dando vueltas por su patio. «Non pasan os días, o único contacto que teño é un veciño, desde o meu patio falo con el, que está no seu», cuenta. Mantienen las conversaciones a siete y ocho metros de distancia. En la mayoría de los barcos tampoco disponía de mucho espacio, pero ahora la limitación de movimiento es prácticamente total. Pasaron a la historia reciente las jornadas en las que cogía el coche para ir a echar una partida de cartas a Ponteceso o hasta Anllóns, al otro lado del municipio. «Aquí estamos, sen poder saír. Podemos ir ao patio e nada máis», comenta.

Joaquín es hombre de no estar parado. Salía todos los días. Bajaba a Corme Porto a charlar, a hablar de mil aventuras e historias de los océanos con otros lobos de mar. Incluso tenía una embarcación para pasar el tiempo. Es también el presidente del Club Náutico. Junto con otras entidades tenían un amplio programa de actividades para celebrar el 200 aniversario del fallecimiento del almirante y descubridor Francisco Antonio Mourelle de la Rúa, que nació en la localidad en 1750. «Tiñamos previsto que viñese incluso o Juan Sebastián Elcano», lamenta él y también gran parte de la vecindad. La fecha clave es el 24 de mayo, pero el coronavirus vino a trastocarlo todo. «Está todo parado», agrega. Mourelle es uno de los grandes héroes del pueblo y querían recordarlo como se merece.

Joaquín, como Mourelle, empezó en el mar muy joven. Con 14 años ya iba a pescar con un patrón en una lancha de remos. A los 16 ya se enroló en la mercante. Estuvo en los costeros del Cantábrico. Luego hizo la ruta del caolín, con paradas en los puertos de Laxe, Burela y Pasajes. Se hizo segundo oficial con la Compañía Vasco-Asturiana. Navegó los mares de Italia, Inglaterra, Marruecos, Argelia y, entre otros, Escandinavia. Tiene innumerable recuerdos de todo ello, como cuando se adentró en la selva africana para cargar cacahuetes en Guinea-Bissau.

Ya jubilado llevó a personas con diversidad funcional a viajar por las costas españolas a bordo del Laion, el barco velero incautado a narcotraficantes. Ahora, el confinamiento le hace volver a todos esos recuerdos y a ver de nuevo en su magín el mar de ardora y el fuego de San Telmo.