Reciclaje

Mi aldea del alma | Por Ramón Romar


En mi niñez no había contenedores de reciclaje, ni falta que hacían. Se reciclaba todo en casa. La juventud no se lo creerá, pero no se tiraba nada de nada, entre otras cosas porque, para tirar tiene que sobrar, y a nosotros no nos sobraba nada, sino todo lo contrario. Cuando una cosa dejaba de ser útil se le buscaba una segunda aplicación, luego una tercera, y si aun y así quedaban restos, se colgaban por las paredes de los alpendres, donde podía permanecer generaciones y llenarse de telas de araña, pero no se tiraba.

Los restos de la comida se le daban a los animales: las mondas de patatas y resto de verdura, a las vacas; caldo o leche que se pasaban a los cerdos; las conchas de los berberechos se machacaban y se le daban a las gallinas para hacer mejor la digestión, y la carne que se pasaba y los huesos, al perro.

El perro tampoco estaba abundante de comida, por eso también reciclaba: si el hueso era de caña, cuando se cansaba de roer, hacía un hueco en la tierra, lo guardaba, y días más tarde lo desenterraba y seguía royendo.

Los cubos para el agua los conocí de madera, pero también los había de zinc. A los de zinc, cuando se le pudría el fondo se le ponía de madera y así valía para llevar el abono o el maíz para las gallinas. Cuando ya no aguantaba de otra madera se le quitaba el aro y, se ponía en tierra y se le sembraba perejil. El aro tenía muchas aplicaciones, una de ellas era hacer herraduras para los zuecos.

Mi padre, el hombre al que no se le resistía ningún oficio, tenía fragua y banco de carpintero, donde hacía y arreglaba todo tipo de utensilios y herramientas. Por ejemplo hacía los zuecos. Para ello cortaba un laurel real, de los muchos que cerraban la huerta, y ese mismo día -se trabajaba mejor la madera- hacía lo que era la suela. Luego la dejaba secar y le clavaba el cuero. Por último, les hacía unas herraduras; para los de hombres, con los restos de una hoz, y para los de las mujeres, como eran más finos, con el aro de un caldero, solo para la parte de atrás, y delante le ponía una suela de hojalata procedente de un bote de pimientos que se había usado para hacer la empanada. Luego les ponía unas brochas (tachuelas).

Las punteras las forraba de la misma hojalata. ¿Cuánto pesaban unos zuecos en estas condiciones? Mucho, pero se tardaba más en gastarlos, y ese era el fin… ahorrar.

Con un par de hoces, de las de cortar el monte, mi padre hizo una prótesis para mi hermano José María (había nacido con los pies torcidos hacia dentro, se los operaron y quedó inútil total). Los ortopédicos de Santiago le hicieron una prótesis que era rígida hasta más arriba de la rodilla, y con ella no dio un solo paso. Vistas las dificultades, mi padre le hizo otra, que giraba en el tobillo hacia delante y hacia atrás, y terminaba en forma de media luna, la revistió de tela, con unas cintas para atar la media luna a la pierna por debajo de la rodilla. Le hizo unos zuecos especiales, con piel más flexible, clavó los hierros de su invento al zueco, y ayudado de un bastón anduvo así hasta los 78 años. Ningún médico ni ortopédico le aconsejó otra cosa mejor hasta esta edad, en la que le hicieron un calzado especial con el que podía dar algún paso sin bastón.

La ropa se remendaba y zurcía una y otra vez y, cuando no resistía más retoques, se seleccionaba la más adecuada para limpiar las manos e incluso la cara.

Las chaquetas y pantalones de los hombres se destinaban a vestir espantapájaros, o para barredoiros (utensilio para limpiar la ceniza del horno), y los restos se quemaban para hacer ceniza, que era un buen abono para los herbales.

Otras prendas se cortaban en tiras de un centímetro, más o menos, se unían con unas puntadas de hilo, se hacía un ovillo y se llevaban al telar para hacer las “colchas y almohadas biadas”, entremezclándolas con lino.

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